Mostrando entradas con la etiqueta Jimeneydas / Aarón. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Jimeneydas / Aarón. Mostrar todas las entradas

sábado, 17 de enero de 2015

Es que ella era la “querida” …


 Seguramente todas tenemos recuerdos de las malas pasadas que nos jugaron las palabras en nuestra primera infancia, cuando al encontrarnos alguna nueva entrada para nuestro diccionario personal usábamos la lógica para tratar de encontrarle un significado.

            Una amiga confesaba que cuando tenía cinco años juraba que “la puerta falsa” era una puerta real que existía en todas las casas y que por ahí efectivamente podía salir la gente cuando se encontraba en problemas; por lo mismo, se rompía la cabeza tratando de entender el porqué de la connotación negativa de que alguien usara tal puerta.

            Por mi parte, debo haber tenido más o menos esa edad cuando pensaba que “el público” era un señor gordo que asistía a todas las funciones de cine o teatro. Me lo imaginaba siempre con un vaso de refresco en una mano y un paquete de palomitas en la otra, y que  todo el mundo estaba atento a su reacción para que se dijera en las noticias: “el público aplaudió con entusiasmo”.

            Igual pasaba con las palabras nonc santas que llegaban a colarse en el mundo familiar. Recuerden que provengo de épocas en que decir “palabrotas” era uno de los peores defectos que alguien pudiera tener, y a veces, cuando no quedaba de otra, se recurría a eufemismos para no repetir el exabrupto ("los disparates" les decían entonces). Con decirles que “menso” se incluía en las palabras proscritas, así que uno decía que a fulanito lo habían castigado por decirle “menfis” a alguien, o peor, que había dicho “bronca-bronca”…

            En ese paquete entraban, por supuesto, muchos temas que se consideraban “impropios” para oídos infantiles, pero que de repente se colaban al hogar a través de la televisión o de alguna plática de comadres en la calle. Un buen día llegó a mis oídos una crítica muy fuerte a cierta señora que era “la querida” de un señor casado. Capté muy bien el tono de reproche y feroz crítica que contenía la expresión, que obviamente chocó con la noción que yo tenía sobre eso de querer a alguien, ¿pues qué podía haber de malo habría en que alguien quisiera a otra persona? Así que, con toda la inocencia (sí, alguna vez fui inocente, y mucho), se me ocurrió preguntarle a mi mamá que qué tenía eso de malo. No recuerdo la respuesta, pero debió haber sido algo del tenor de “no andes preguntando cosas que no” o alguna de esas fórmulas usadas para aplacar a un niño curioso, seguramente acompañada de un “ve a ver si ya puso la marrana” o algo por el estilo.

viernes, 9 de enero de 2015

De cuando las películas favoritas ... pasan de moda

Muchos de mis recuerdos están asociados con ciertas películas, sobre todo con las que al correr de los años se convirtieron en “cintas de culto”. Si bien al juzgarlas con criterios actuales algunas de ellas hasta resultan ingenuas y sus efectos especiales ya están muy superados por cualquier película de animación de estreno, entre las inolvidables, por supuesto,  están la primera vez que vi “La guerra de las galaxias”, “Alien” o “El señor de los anillos”, por citar algunas.
            Y aunque no soy muy afecto al género de terror (por dos razones: una, que muchas veces se trata de las etiquetadas como “cine gore”, que es más bien sangriento y no me gusta, o que son de temas sobrenaturales y en el fondo soy muy miedoso para todo lo que tenga que ver con lo satánico), también recuerdo la impresión que me causaron cintas como “El exorcista” o “El resplandor”, única película donde me ha tocado que saquen cargando a alguien que se desmayó, muy posiblemente por el susto.
            El asunto está en que las dos cintas anteriores me quedaron como los paradigmas de lo que es una película para espantarse, y llegado el momento, le recomendé a mi hija, entonces adolescente, que dejara pasar algún tiempo, platicándole anécdotas propias y de muchos conocidos sobre lo fuerte que llegaron a ser. Total, que cuando las vio, le parecieron ... aburridas. Y no es de extrañar que las juzgara así, si tiene como antecedentes “El aro” y otras de terror de nuevo cuño.
            Lo mismo puede decirse para las cintas que en su tiempo fueron el colmo del atrevimiento y se las condenaba como casi pornográficas, y ahora las pasan en cualquier canal de televisión en horario matutino. ¿Les ha pasado a ustedes que alguno de sus referentes cinematográficos resulte tan pasado de moda? Espero que con el correr de los años no me pase lo mismo cuando recomiende “Los juegos del hambre” como un ejemplo de una película excelente.

            

sábado, 13 de diciembre de 2014

Mamás de más de seis



Quiero aprovechar la estupenda noticia de que la Iglesia ha aceptado que los perros también pueden entrar al cielo (pueden ver la nota en Dogs in Heaven? Pope Francis Leaves Pearly Gates Open.) para compartirles un poco sobre lo que he aprendido sobre el instinto maternal viendo a mis perras.

Dos de las que han vivido con nosotros --dos perritas cocker: “Flushy” y “Alfa”-- han tenido cría, siempre camadas de seis cachorros, tres machos y tres hembras. Y con las dos nos hemos maravillado con la dedicación y empeño que pusieron en alimentar, dar calor, limpiar, proteger y hasta educar a sus hijos para que obedecieran las órdenes básicas que se les daban a ellas. Podría pensarse que esa conducta es mero instinto, pero quienes han tenido el privilegio de tener mascotas con sólo verles la mirada saben que hay mucho más que una respuesta mecánica, sino verdaderos sentimientos hasta podría decirse de orgullo como diciéndo: “mira, son mis hijos y también serán estupendos perros”. Y lo fueron, al menos los que les seguimos la pista después partieron a otros hogares y los que se llegaron a quedar en casa, que aprendieron de sus madres a ser excelentes cazadores de ratones y otras alimañas.
No sólo criaron a sus propias camadas, a las dos les tocó ser mamás sustitutas de perritos abandonados que encontramos botados en la calle (unos hasta tenían aún el cordón umbilical) para que de inmediato asumieran su papel compartiendo sus casitas con los recién llegados y atendiéndolos como propios, lo cual incluía mantener alejados de allí a los otros miembros de la jauría que siempre hemos tenido en casa. Sabíamos bien que si andando fuera de la casa teníamos contacto con algún cachorro, al llegar seríamos escrutados de arriba abajo por naricitas ansiosas por encontrar el origen de ese olor.
Hace tiempo que no tenemos cachorros en casa. Nos ha detenido el saber que cada vez que se preñan se desgastan muchísimo y pierden años de vida, además de que se encariña uno rapidísimo con ellos y es difícil conseguirles un buen lugar cuando se van de casa. Pero siempre es grato recordarlos mientras estuvieron acá, además de que el ejemplo nos ha servido para calmar las dudas de nuestra hija sobre si será o no buena madre cuando le llegue el momento. “Acuérdate de Flushy y de Alfa, hija. Si ellas pudieron sacar adelante a sus hijos, ¿por qué tú no?”.

martes, 4 de noviembre de 2014

"Lo que no puedes ver ...


… en tu casa lo haz de tener", dice el refrán.


La palabra de la semana me tocó muy de cerca en los aspectos familiar y profesional.

            Me explico: mi esposa y yo somos egresados de la Escuela Nacional de Antropología e Historia (la ENAH-jenante, como la conocemos coloquialmente), escuela donde se imparten siete licenciaturas, seis destinadas a distintas disciplinas antropológicas, además de la carrera de Historia. Cómo suele pasar en muchos ámbitos, las rivalidades entre las distintas especialidades están a la orden del día, pero las que tienen más arraigo son la que se dan entre los de Etnohistoria contra todos los demás (tienden a sentirse en la cumbre de la ciencia social), todos contra los de Lingüística (son tan poquitos que se dice que son como una leyenda urbana, todo mundo habla de ellos pero nadie ha visto a uno), la que se da entre los de Antropología Social y los de Etnología, y la existente entre las carreras de Arqueología y la de Historia.

            Entre otras muchas puyas y críticas, los arqueólogos solemos decir que los historiadores son de mentalidad cuadrada, muy dados a interpretaciones rígidas porque son incapaces de percibir los muchísimos matices que puede dar la cultura de cada tiempo y lugar sobre los procesos sociales. Y para los historiadores, los arqueólogos no pasamos de crear castillos en las nubes a partir de los poquísimos datos con los que contamos y que para ellos nunca tendrán la contundencia de un documento escrito.

            Por supuesto, como todo en la vida acá también opera la ley del Karma. Es rarísimo que los hijos de arqueólogos e historiadores tomen la carrera de sus padres. Para mayor escarnio, suele pasar que hijo de arqueólogos sea historiador y viceversa. ¿Empiezan a sospechar cuál carrera escogió nuestra hija? Exacto. Acaba de terminar la carrera de historia en la misma escuela donde nosotros desde que éramos estudiantes nos dedicábamos a hacer chistes del tipo de “¿Ya se saben el del historiador que cuando encontró ...?”.

            Por lo que ella nos cuenta, las cosas no han cambiado, y aunque a veces nos aliamos para hacerla rabiar un poquito hablando mal de ciertos historiadores, no hemos conseguido que nos platique qué tanto dicen ellos de nosotros los arqueólogos. ¿Será tan grave que prefiere callarlo?, seguiremos historiando el tema.

martes, 21 de octubre de 2014

Fábula ontológica



Cuando me estrené como docente, los directivos me asignaron, imagino que como novatada, la materia más aburrida y árida del temario, “Metodos de investigación I” para un grupo de adolescentes revoltosas de primero de bachillerato.

            Mal que bien logré sobrellevar el curso haciendo que se interesaran en saber elaborar tablas de verdad y comprendieran la importancia de los silogismos y otras linduras. Logré incluso motivar a algunas de mis alumnas en las peculiaridades del método científico. Como ésa fue la parte del curso que tuvo mejor acogida, al momento de diseñar el examen final decidí darle más peso.

            Pero al momento de querer preguntarles cómo explicarían y aplicarían el proceso de “observar-formular hipótesis-recabar datos- … etc.” me encontré en un atolladero. En esas estaba devanándome los sesos cuando en uno de esos brincos raros que da la mente recordé un viejo (y malo) chiste que circulaba en la facultad. Decidí transformarlo para que describieran cómo enfrentarían un problema en concreto recabando datos, haciéndo y contrastando hipótesis y elaborando una teoría explicativa (las respuestas, por cierto, fueron muy ingeniosas).

            Total, al momento de repartir los examenes, me concentré tanto en evitar que sacaran los “acordeones” con las respuestas o se dedicaran a copiarse, que se me olvidó el contenido del examen, por lo que me pareció muy extraño que de repente algunas empezaban a reírse o a poner cara de extrañeza. Al terminar el examen, más de una me comentó que nunca les habían hecho un examen así.

            Lo último fue que las “aplicadas”, que habían exentado el examen, me reclamaron porque ellas no tuvieron oportunidad de contestar “lo del cuentito, que, “ahora sí para no hacerles el cuento largo”, se los pongo a continuación.





Fabula del conejito:
Ésta es la historia de un conejito que, cuando llegó a la edad de cuestionarse sobre su propia identidad, preguntó a sus padres:



--Papá, mamá, y yo... ¿qué soy?

---Ah, pues es muy fácil --respondieron sus padres. --Tú eres un conejito.

--¿Un conejito? ¿Y cómo es eso?

---Como tu papá es un conejito, y tu mamá una conejita, a ti te toca ser conejito.



Satisfecho con la explicación, corrió el tiempo hasta el momento en que salió de su madriguera la primera vez. Y… ¡cuál no sería su sorpresa al ver que había otros seres distintos a él! Decidió, pues, continuar sus indagaciones: “Animalito, animalito, y tú, ¿qué cosa eres?”, iba preguntando a cuantos se encontraba.



--Animalito, animalito, y tú, ¿qué cosa eres?

---Ah, conejito, yo soy un pato.

--¿Un pato? ¿Y cómo es eso?

---Mi papá era un pato y mi mamá una pata, y por eso yo tenía que ser un pato.



Tras varias respuestas del mismo tenor, el conejito recompuso su imagen del mundo, hasta que un buen día se topó con una mula.



--Animalito, animalito, y tú, ¿qué cosa eres?

---Ah, conejito, pues yo soy una mula.

--¡Ya sé! ¡Tu papá es un mulo y tu mamá una mula!

---No, conejito. Mira: mi papá era un burro y mi mamá una yegua. Así que yo soy una mula.



Nuevamente desconcertado, prosiguió interrogando a los animalitos del bosque, y el esquema se le complicaba cada día más.



--Animalito, animalito, y tú, ¿qué cosa eres?

---Pues yo soy un perro-lobo.

--¿¿?? ¿Un perro-lobo? ¿¡Pero cómo puede ser eso posible!?

---Ah, pues como mi papá es un lobo y mi mamá una perra, yo soy un perro-lobo.



Finalmente, cuando sus investigaciones le habían permitido intregrar una noción coherente del mundo y sus devenires, un buen día coincidió con una criatura extraña, nunca vista.



--Animalito, animalito, y tú... ¿qué cosa eres?

---¿Yo? Yo soy un oso hormiguero.

--¡¡...!! ¡¡¡No inventes!!!