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lunes, 16 de marzo de 2015

El zorro cultural

Esta semana cerramos el primer ciclo de publicaciones de este proyecto. Muchísimas gracias a todos los que nos han acompañado hasta aquí, semana tras semana, y también a los que han publicado aunque sea una vez con nosotros. Ha sido una experiencia más que interesante, aprendiendo y disfrutando con cada una de sus aventuras. ¡Gracias!
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Lo primero que me viene a la mente con la palabra de esta semana es El Zorro, así con mayúsculas, ese personaje literario que luego pasó a la pantalla grande y que para mí no va más allá de la imagen de un Antonio Banderas enmascarado. Aunque generaciones anteriores y también posteriores a la mía sí que lo conocieron, incluso con dramatizaciones “caseras” de sus historias, El Zorro no fue uno de los héroes de mi infancia.

Para mi padre, sin embargo, fue parte activa y principal de su infancia allá por los años 30. Sus héroes preferidos, según me contó en varias ocasiones, eran El Zorro y El llanero solitario. Con sólo mencionar sus nombres se transportaba a la época en que los cómics pasaban de mano en mano entre sus amiguitos, y para cuando terminaban la ronda ya tenían los colores apagados y estaban casi dehaciéndose de tanto uso. Se reía a carcajadas al rememorar su propia figura regordeta y paticorta de aquellos años en que el televisor era un lujo y no lo había más que en una casa del barrio, la del doctor, que era tan buena gente que lo encendía a la hora en que ponían esos animados para que toda la bola de chiquillos, colgados en racimos de las rejas de las ventanas, pudieran verlos aunque fuera desde la calle. 

Por eso recuerdo con especial emoción el día en que, ya estando yo casi en mis 20s, pusieron en la tele la nueva versión de El Zorro, protagonizada por Antonio Banderas. Fue en “Tanda del domingo”, un programa que ponían cada semana, los domingos creo que a partir de las 2pm, en el que transmitían un par de películas aptas para toda la familia, sabiamente comentadas por Mario Rodríguez Alemán, emblemático periodista y crítico de cine de la isla.

Para ese entonces yo ya vivía independiente de mis padres y ese domingo fui a pasar el día con ellos. Después de almorzar juntos nos sentamos a ver la Tanda del Domingo, y para nuestra sorpresa la primera película a transmitir era precisamente El Zorro. Ahí fue cuando se puso contento mi papi: “ya verás, ya verás qué emocionante es”, me adelantaba con voz entrecortada mientras nos disponíamos a verla. Y sí, recuerdo que la disfruté, pero aunque para mí no pasó de ser una peli de aventuras más, para mi padre fue toda una experiencia, quién sabe si de regresión a su infancia. Se agitaba en el asiento, se agarraba con fuerza de los brazos del sillón en los momentos de mayor tensión, no se le borraba la sonrisa del rostro... y sus ojos, aquellos ojitos azules como el cielo, se mantuvieron llenos de lágrimas durante toda la película.

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Como un dato cultural y un poco al  margen les cuento lo segundo en que pensé con esta palabrita. 

En Japón la figura del animalito, el zorro (kitsune), es muy popular. Es el mensajero del Inari, el dios del arroz y el sake, por lo que es común ver esculturas de zorros en los templos dedicados a Inari, representados con una llave en la boca, la llave del granero, porque cuida de las cosechas. Se cree además que es un ser inteligente y con muchos poderes sobrenaturales, aunque no siempre los use de buena manera. Hay un sinfín de leyendas que cuentan cómo un zorro se convierte en hombre o mujer para engañar a alguien y robarle o incluso tener relaciones íntimas. También se usa como un símbolo del carácter humano, atribuyéndole características muy parecidas a las que le damos en Occidente: un zorro, pues, resulta un ser muy inteligente, astuto, calculador, engañador. 

Crédito de imagen

Su contraparte es el tejón (tanuki), un adorable animalito gordito, peludo y juguetón. Se dice que tiene casi tantos poderes como el zorro y también es objeto de numerosas leyendas. Se cuenta, por ejemplo, que se ha visto tejones salir del bosque y acercarse a algún monje que esté en meditación, se le ha visto sentarse a su lado y acoplar su respiración a la del monje, y se afirma entonces que era el espíritu de un buda o de un monje que encarnaba en el cuerpo del animalito. Es muy común ver una o varias figuras de tejón custodiando la entrada de los negocios en cualquier ciudad japonesa y también en los caminos, porque se considera que traen buena suerte. En su representación humana, de estos se dice que son bonachones, amables y bienintencionados, aunque con frecuencia son traviesos y gustan de gastar bromas a los demás. 




Esculturas de ambos, en su condición de espíritus de la naturaleza, se encuentran con frecuencia en los templos shintoístas, y a menudo hay templos dedicados en exclusiva a ellos. Aunque no es algo raro, en general en el shintoísmo se venera a todos los animales y seres vivos, y hasta a las rocas he visto que se les venera, sobre todo si son grandes o con formas peculiares.

En cuanto a los zorros y los tejones les comparto una curiosidad más. De las personas que tienen la forma del rostro como un triángulo invertido se dice que tienen “cara de zorro”, o kitsune-gao, y aquellas con un rostro redondo son llamadas “cara de tejón”, o tanuki-gao. Así pues, con solo ver la forma de la cara de una persona, un japonés ya está sacando algunas conclusiones sobre ella.

Y ustedes, ¿son kitsune-gao (zorro) o tanuki-gao (tejón)?

lunes, 9 de marzo de 2015

Una aburrida historia

Si ya por lo general me cuesta encontrar anécdotas para otras palabras más interesantes, hallar una para "yogurt" se me antoja prácticamente imposible. Mi historia con el yogurt es una de amor, pero de un amor con condiciones y un poco aburrida. 
Como casi todos los lácteos que he probado, me encanta el yogurt. Recuerdo con muchísimo cariño los yogures que tomaba de niña, unos batidos que venían en pomos de cristal, con sabores diferentes -todos deliciosos-; y otros más cremosos que venían en vasos plásticos, eran como el doble de grande los que se suelen ver hoy en las tiendas. 
Ese fue un producto de los que desaparecieron en la isla durante el período especial (años 90) y lo volví a encontrar en México. Ahí fue donde me chocó el tamaño de los vasos de yogurt, que eran minúsculos o, por el contrario, enormes. Pero el placer del reencuentro duró poco. 
En el DF trabajé con unos amigos médicos y en cuanto me reconocieron (médicamente hablando), el yogurt fue una de las cosas que eliminaron de mi dieta... Lo extrañé, mucho, sobre todo porque mi esposo sí seguía tomándolo y ¡no vean la envidia que me daba! 
Pero un buen día conocí el Activia que llegó para salvarme. Es el único que no me hace daño, así que eso es lo que tomo, uno diario y todos felices. 
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Como colofón, y para hacer esto un tín más interesante, les cuento que la forma más rara que he conocido de consumir el yogurt ha sido la de servirlo como acompañamiento del arroz. Los iraníes suelen hacerlo así, sencillamente ponen unas cucharadas de yogurt en un ladito del plato y lo van comiendo junto con el arroz, y no, no sabe nada mal por raro que parezca. 

lunes, 2 de marzo de 2015

De cuando me sentí extranjera (Xenofobia)

Creo que la única vez que me he sentido rechazada por ser extranjera ha sido en Japón. No me malinterpreten: adoro ese país. Es hermoso, limpio, amigable... Puedo decir que es uno de mis preferidos en lo que conozco de mundo, sino el que más. Los japoneses son más que amables, enseguida te hacen sentir en familia, se desviven porque tengas una buena estancia. En fin, que a pesar de ser bastante distintos tanto en lo cultural como en lo físico, no hay modo de sentirse fuera de lugar entre ellos. Sin embargo, hubo una ocasión o dos en que me sentí, hmm, diferente. Les cuento.

La primera vez fue en una ciudad a la que fuimos por un trabajo de mi esposo. Las chicas de la oficina del edificio donde vivíamos, cerca de Tokio, se asombraron mucho cuando les dije cuál era nuestro destino: “¡Pero si allí no van ni siquiera los japoneses!” La verdad es que nos encantó aquel lugar -antiguo, bien conservado, con ese encanto que la historia viva le aporta a todo el país- pero sí que pudimos darnos cuenta de que no estaban acostumbrados a recibir visitantes, y menos extranjeros. 

Los profesores que fuimos a ver, gente culta y de mundo, nos atendieron con total amabilidad, por supuesto. La gente en la calle era otra cosa, sobre todo los ancianos. No es que nos trataran mal en ningún momento, sino que nos miraban como si fuéramos bichos raros. Se paraban en la calle cuando nos veían, sorprendidos, y hasta se apartaban para dejarnos pasar. Vamos, que me sentí como un animalito exótico en un zoológico. 

En esa ciudad, más allá de las miradas en la calle, no tuvimos ningún otro indicio de causar extrañeza con nuestra presencia salvo en un desayuno en el hotel. Un señor, sentado en la única otra mesa ocupada del local, le comentó a su amigo en voz suficientemente alta para que nosotros lo escucháramos, algo sobre “estos molestos extranjeros”. 

La segunda y última vez que algo así me sucedió fue en Kioto, y no deja de ser extraño porque allí se reciben varios millones de turistas al año. Fue el último día de aquella visita a la antigua capital con una prima de mi esposo. Habíamos pasado unos días espectaculares, de mucho ajetreo por toda la ciudad, y esa mañana decidimos ir a relajarnos en un sentō antes de regresar. 

Crédito de imagen
Un sentō es un baño público tradicional japonés, una especie de spa con masajistas, saunas y varias pocetas de aguas termales en las que bañarse. Los servicios y pocetas están divididos en dos secciones independientes, una para hombres y otra para mujeres, porque a diferencia de los spa occidentales, en estos baños se entra sin ropa, desnudos por completo. Son toda una atracción por lo que es común encontrar extranjeros en ellos, pero cuando entramos nos dimos cuenta de que en este solo había japoneses.

(En la imagen pueden ver un sentō relativamente pequeño, seguramente de un barrio. Los hay más grandes y modernos. A un lado está el espacio con asientos para ducharse antes de entrar a  las pocetas porque, como son de uso común, el cuerpo debe estar bien lavado para que el agua se mantenga lo más limpia  posible para todos.)

Crédito de imagen
La prima y yo nos dimos un masaje con unas tailandesas que había a la entrada. Luego disfrutamos de una sauna de sal, nos duchamos y al final fuimos entrando en las pocetas que en estos sitios suelen ser varias, con diferentes temperaturas o con unos u otros minerales que aportan distintas propiedades a sus aguas. Ahí fue cuando notamos que al entrar nosotras en una poceta, las japonesitas que allí había, todo sonrisas y reverencias, decidían salir. Al principio parecía casualidad, pero al repetirse en dos o tres ocasiones entendimos que no lo era. Ellas no querían bañarse con nosotras. 

Claro que no hay nada capaz de hacerme sacar un mal recuerdo de una estancia en la bella Kioto, pero puedo decir que esa fue una experiencia curiosa, lo más parecido a la xenofobia que viví allí.

lunes, 23 de febrero de 2015

Los personajes de la web

En la oficina donde trabajaba en el DF tuve por primera vez en mi vida una computadora a mi disposición con acceso a Internet. Una de las primeras cosas que hice en cuanto me familiaricé un poco con el manejo de la web fue abrir mi primer blog. No les voy a hacer su historia, que a estas alturas ya es bastante larga, pero sí les hablaré un poco sobre los personajes que por allí aparecieron. 

Al principio era muy frustrante esto del blog. Publicaba y publicaba, y nadie se daba por enterado. Aquello era un desierto. Vamos, que me parecía que estaba hablándole al vacío. Tuve que esperar un par de años antes de que llegara mi primer comentarista, un chico latinoamericano (¿colombiano?) que vivía aquí en la ciudad condal. El segundo comentarista, una amiga del DF, tardó aún varios meses más en aparecer, y ya después gracias a ella se precipitaron otros muchos, podría decirse que en avalancha, con lo que el blog cobró mucha vida y vi renacer un interés ya casi perdido.

Fue entonces cuando aprendí que tener gente que te lea y te comente es todo un compromiso. Implica no solo el agradecimiento y responder sus comentarios, sino también visitar sus blogs y dejarles algunas palabras a mi vez. Siempre fue un gusto, no puedo decir otra cosa, y también una cantidad de tiempo considerable invertida en eso de leer y comentar. Pero esa es la esencia de este mundo de los blogs, establecer una comunicación y cultivar la reciprocidad y, con suerte, la amistad. De esa etapa tan activa me han quedado varios buenos amigos, muy queridos, y por eso aún hoy, cuando ya no dispongo de tiempo para leer y comentar por todas partes, sigo agradeciendo a quien tuvo la feliz idea de crear este formato.

Claro que no solo hay comentaristas bien intencionados en la web. Están, entre otros, los que dejan comentarios spam, que no hacen más que poner alguna promoción a su propio espacio o a algún producto en venta; y también los trols (o trolls), seres oscuros y amargados que se dedican a ir por ahí regando la peor de sus bilis, dejando palabras negativas y con frecuencia agresivas, que muchas veces ni siquiera tienen que ver con el tema de la publicación del blog. 

Hay aún otro tipo que no sé cómo nombrar. Los ubico en un punto medio entre el amigo y el troll, una especie de trol-amigo bien intencionado. Se trata de aquel que comenta sin ofender y, por supuesto, con la mejor intención del mundo, pero solo lo hace cuando tiene algo que decir en contra de lo que se ha publicado, cuando no está de acuerdo. Lo peor es que suele tener una base sólida para lo que dice e incluso puede llegar a tener razón, echando por tierra todo tu trabajo. Son lectores críticos, que saben de lo que hablan, especialistas en encontrar el punto débil de todo tu razonamiento. 

¡Ah, sus comentarios siempre fueron los más difíciles! A los otros se les contesta con una palabra amable o simplemente se les borra, pero estos son al mismo tiempo positivos y negativos. Te mueven el piso, te provocan algún enojo, y también te hacen crecer. Gracias a ellos te ves obligado a poner más cuidado con lo que escribes, a investigar más antes de publicar algo y, todo hay que decirlo, hasta evitar en ocasiones los temas que puedan ser complejos o controvertidos. Porque con ellos uno se siente responsable de cada palabra que lanza al ciberespacio; sabes que ahí estarán, fiscalizando tu texto, preparados para rebatir una a una tus afirmaciones. 

Los tiempos cambian. Mis intereses ha ido variando y mi actividad real se ha ido incrementando, por lo que dedico mucho menos tiempo a esto de los blogs y supongo que del otro lado de la pantalla suceda lo mismo. Ya no hago la ronda diaria por el “ciberbarrio”, leyendo y dejando comentarios en cada espacio amigo (con frecuencia no me alcanza el tiempo ni para participar activamente en mis propios blogs), y creo no equivocarme al decir que son pocos los que siguen esta rutina. 

A veces —las menos— paso y comento, sobre todo para que mis amigos sepan que no los olvido, y una que otra vez dejo mi opinión también en sitios nuevos, cuando un texto me llama la atención. Y sí, debo confesar que en esos momentos me he sorprendido comentando solo en temas que conozco y que han mal-tratado en su publicación, siempre para rebatir, sin ofender, por supuesto, y con la mejor intención del mundo... 

lunes, 16 de febrero de 2015

De lo analítico a lo trivial, o Cómo convencí a mi cerebro

A estas alturas ya deben saber que me gustan mucho los blogs. Me parecen una forma muy interesante de expresión y de intercambio. Mi primer blog, el Diario de la Pelusa, lo abrí en abril del 2006 y desde entonces he tenido varios, muchos podríamos decir, y de los más variados temas: de fotografía, de dibujo, de caligrafía, de agradecimiento, de preguntas... y de moda. Sí, por raro que parezca, he tenido hasta dos blogs dedicados a la moda, yo, la menos vanidosa de todas (?!). 

Ya sé que puede tener otras interpretaciones la palabrita, pero para mí la vanidad es sobre todo algo exterior. Es aquello que me lleva a preocuparme por mi apariencia externa en aras de no parecer un adefesio ante los demás. 

Sin embargo, soy del tipo de mujer que siempre puso por delante el mundo interior. “¿Peinarme? Sí, sí, ahora, cuando termine este capítulo...”, era el tipo de respuesta que hacía que mi madre montara en cólera y me espetara, parafraseando a una heroína cubana: “¡Muchacha, empínate!” Y es que la belleza consume un tiempo considerable, más de lo que alguna vez estuve dispuesta a sacrificar. Además, todo hay que decirlo, tampoco me hizo mucha falta. No era precisamente fea y los chicos que me interesaban me aceptaban tal cual. De haber sido de otro modo, quizás ahora estuviera contando otra historia. 

Un buen día no muy lejano, algo en mi dio un vuelco y empecé a preguntarme el porqué real de ese desinterés. Puede que haya sido por haber caído en esta sociedad donde lo exterior es casi más valioso que lo interior, o que tanta propaganda con imágenes de belleza imposible haya hecho su efecto, puede que el motivo haya sido, por el contrario, algo tan prosaico como la edad o “la juventud acumulada”, como diría un buen amigo; lo cierto es que me vi cuestionando mi concepto de femineidad. ¿Soy realmente todo lo femenina que pienso? 

Comencé entonces a visitar blogs dedicados a la moda, muchos de ellos, en un intento de entender qué había en ese mundo, erigido en símbolo de lo femenino, y que yo no acababa de captar. Siguiendo recomendaciones vacié todo mi armario y clasifiqué mi ropa, deseché todo lo viejo, lo reorganicé todo... y ahí fue cuando me decidí a abrir un blog, el primero, en el que básicamente publicaba fotos de mis combinaciones (outfits). 

Por supuesto que no duró mucho porque no tengo madera de modelo y, además, para obtener un feedback tenía que emplear horas visitando y comentando otros sitios, mientras mi mente seguía burlándose de tan trivial preocupación y rechazando la idea de perder tanto tiempo en fruslerías semejantes. Si de algo me sirvió esa experiencia fue para descubrir que 1) el vestir es también una forma de expresión creativa y 2) copiar el estilo de otras no me ayudaría a encontrar el mío. 

Crédito de imagen
Así pues, sabiendo que a la parte más analítica de mi cerebro le gusta que le respeten sus términos, le hice una propuesta que no podría negar: no se trataría de desperdiciar sus neuronas ni su precioso tiempo en pensar en mi apariencia exterior, sino de hacer un estudio de la teoría detrás de la imagen. De esa idea surgió el segundo blog, uno privado, que tampoco duró mucho pero dio mejores resultados.

Encontré que me gusta lo básico, lo simple, pero también lo que aporta cierto refinamiento al vestir sin perder por ello espontaneidad; una mezcla entre lo clásico y lo casual (muy a lo Audrey Hepburn, salvando las distancias, por supuesto). Todo esto luego ha ido desembocando en un cambio de mi gusto a la hora de comprar, más orientado a mis necesidades específicas, y una paulatina definición de mi estilo personal: ajeno a la moda, cómodo, minimalista, con notas elegantes, líneas impecables y combinación de colores sobrios y alegres. 

Haber encontrado cierta sencillez al vestir y, sobre todo, saber cómo y porqué lo hago son mi definición actual de vanidad. Lo importante sigue siendo lo de adentro.

lunes, 9 de febrero de 2015

De cuando desapareció el mundo

Cuando recibí la noticia de la muerte de mi padre, el universo entero se comprimió en mi pecho. No había nada más que esa opresión curiosa, que se negaba a desatarme. No lloré en mucho tiempo. Aunque si reviso ahora creo que ese “mucho tiempo” apenas fueron unos minutos, hasta que logré hablar con mi madre. Entonces, toda la opresión se deshizo en llanto. Al irse la opresión quedó el vacío, ¡y qué vacío! No quedaba nada en el mundo que me animara a levantarme cada mañana. ¿Salir de debajo del edredón? ¿Para qué? 
Poco a poco salí, medio a empujones pero salí, y el mundo se fue recuperando. Nunca del todo, pero volvió a tener colores. 

lunes, 2 de febrero de 2015

Mi vestido verde

No les miento si les digo que debo haber estado entre las niñas que más regalos recibió en su infancia. Mi padre sobre todo me malacostumbró en este sentido. Él trabajaba en ese entonces en una fábrica de tabacos en plena zona comercial de Centro Habana,  y cada tarde en el camino entre la fábrica y la parada del autobús que tomaba para regresar a casa, pasaba por muchas tiendas que aún estaban abiertas. Todos los días, pues, me traía algo. Casi siempre era un libro, una revista o algo para leer, y con frecuencia también juguetes, ropa o lo que encontrara de nuevo por ahí. 

Hay uno de estos regalos que aún relumbra con luz propia entre tantos otros cuando vuelvo la vista atrás. Era un vestido para estar en casa, sencillito, no más con unos tirantes y un encaje en el borde del escote, pero tenía dos características que lo hacían especial a mis ojos. Lo primero era el color: un verde claro y brillante, de una alegre tonalidad que incluye mucho amarillo y que mi madre llamaba “verde chatré”. Lo segundo, y lo más memorable que le encontré al vestido, fue la textura. La tela era satinada, de ese tipo tan ligero que al intentar sostenerla parece que se escapara de las manos. De más está decir que no tardé ni medio minuto en ponérmelo, y que este pasó a ser mi vestido favorito durante mucho tiempo.

Sin embargo, hay algo más que recuerdo de aquel día en que llegó mi vestido verde. Al ponérmelo y después de mirarme varias veces en el espejo, por supuesto, fui directo a sentarme en mi escritorio, tomé un cuaderno nuevo y comencé a escribir lo que luego llamé “mi primera novela”. Sentía que había encontrado el vestido ideal para hacer lo que quería ser en la vida. Tenía yo entonces unos siete años, no más. 

Aquel vestido vino a ponerlo todo en su justo lugar y puedo decir que fue definitorio en más de un sentido para mí. Mi color preferido, por supuesto, es el verde de esa tonalidad alegre y brillante que siempre me hace sonreír. Mi tela favorita es la seda, en esa variante satinada que resbala sobre la piel, que te da cierto aire de reina y, al mismo tiempo, se siente como si no tuvieras puesto nada encima. Mi ocupación favorita sigue siendo escribir. 

lunes, 26 de enero de 2015

Silencio para escuchar

Esto de vivir en medio de la naturaleza tiene muchas ventajas, y no estoy hablando de las (muchas) frutas que cosecho, no. Hablo de ir a diario por un camino de tierra, bajo los árboles. Es cierto que la mayoría de las veces voy corriendo porque aprovecho para hacer algo de ejercicio, pero en las últimas semanas me he visto obligada a dejarlo y entonces he salido simplemente a caminar.

Al caminar, el movimiento del cuerpo es mucho menor y el ruido que hago también. No tengo que estar tan atenta de las rocas o raíces en el suelo; puedo ir mirando mejor lo que me rodea y, sobre todo, escuchando. Esto me ha traído regalos maravillosos, como haber descubierto por primera vez a una ardilla comiendo una piña casi sobre mi cabeza. Si hubiera ido corriendo estoy segura de que no la hubiera visto, pero al ir caminando pude escuchar el ruidito que hacía al comer y así descubrirla.

En estos días, en lo que espero que mi esposo termine su sesión de ejercicios al aire libre, además de caminar he tenido la oportunidad —muy rara hasta ahora— de sentarme en el bosque. Aquí el movimiento se reduce al mínimo, el ruido que produzco casi desaparece. Hasta la mente se va tranquilizando poco a poco con el simple acto de estar sentada sin hacer nada. Es en ese momento, cuando ya la mente anda más tranquila, que comienzan a llegar los sonidos del bosque, los más sutiles. Se sienten los pajaritos moviéndose entre las ramas más altas, el ladrido lejano de los perros, el paso del viento... 

Eso es lo que he descubierto en estos días. Cuando hemos detenido el movimiento, silenciado nuestros ruidos tanto externos como internos, es cuando por primera vez podemos escuchar al mundo a nuestro alrededor. Parece que acabo de descubrir el agua caliente, y puede que así sea, pero para mí ha sido poco menos que revelador. 

lunes, 19 de enero de 2015

El toque perdido

Me he pasado buena parte de mi vida asegurando que heredé la sazón de mi madre. Eso me decía ella. Me lo decía mi vecina de toda la vida cuando le daba a probar mis frijoles. Me lo decía mi padre cuando acertaba a ayudarles en la cocina. Me lo dice mi esposo, pero bueno, a él no le queda más remedio que opinar bien de mi comida.

Mi madre, han de saberlo, hace los mejores frijoles del mundo —como todas las madres, supongo. Y es que, como todas las hijas, en mis andanzas por el globo no he encontrado aún mejor comida que la suya. Diferente sí, pero mejor nunca. Y yo, pues, me vanagloriaba pensando que había heredado su sazón... hasta el martes pasado.

Fuimos invitados a comer por unos amigos que están pasando una temporada aquí. Nada más que de pensarlo se me hacía la boca agua. Son cubanos y viven en la isla, por lo que —imaginaba— traen el sabor bien fresquito. Por supuesto, nos hicieron lo que mejor saben hacer, comida cubana: arroz blanco, tostones, pollo en salsa con berenjenas, ensalada.

Nuestra amiga, como toda cubana que recuerde, se quejaba constantemente de que el arroz se le había pasado un poco, que el pollo se le había desbaratado en la olla, cuando en realidad todo estaba perfecto. P e r f e c t o. No exagero. El arroz estaba justo en su punto, desgranado como es el gusto de la isla, y el pollo —¡ay, el pollo!— se deshacía en la boca y sabía como estoy segura que ha de saber la gloria. Todo estaba tal y como lo hacía mi madre.

—¿Pero qué le pones? —le pregunté entre bocado y bocado, y mi amiga me sorprendió diciéndome que le pone lo mismo que yo pero, y aquí hago acopio de toda mi humildad, a mí no me sale ni la mitad de bueno que a ella. 

Será porque ella lo hace en olla de presión, un instrumento que no uso hace ya más de una década; será porque está recién llegada de la isla y su hacer no se ha contaminado aún con otros sabores o experiencias; será porque, sencillamente, he perdido el toque. No sé el por qué, pero si tengo algo claro es que la comida de este martes pasado ha sido la más rica que he probado en mucho pero mucho tiempo.

lunes, 12 de enero de 2015

Carta de agradecimiento

Querido Diario:

La verdad es que la nuestra ha sido una relación larga. Después de más de veinte años podríamos llamarla incluso consolidada. ¿Te acuerdas cuándo nos conocimos? Yo sí. 

Calle Monte (crédito de imagen)
Fue en una librería de segunda mano, en la calle Monte de la Habana. ¡Qué calle tan sucia era aquella! Era gris, con las paredes perennemente llenas de hollín, o esa era la impresión que daba al menos, y los transeúntes podían contarse por miles. Es que era una de las arterias comerciales de la ciudad, con sus muchas tiendas y mercados. Lo curioso es que siempre fue así. Mi madre me contaba que cuando ella era joven, allá por los años cincuenta era igual de ajetreada, incluso con mucho más tránsito que el que yo conocí, claro que en su época todo era nuevo y en la mía todo pedía a gritos un poco de mantenimiento.

Pero en fin, me voy por las ramas. Tú no sabías nada de todo aquello, por supuesto. Te mantenías ajeno a todo el ruido y el tráfico dentro de aquella librería barata. Ahí fue donde te vi. Entré y sin pensarlo mucho me lancé a por ti; eras el último de tu especie, lo sabía. Y como me sentía de suerte, antes de salir decidí dar una vuelta por el local a ver qué había de interesante. Ese fue un día de hallazgos para mí. 

Crédito de imagen

No muy lejos de donde estabas, encontré un libro que ha marcado mi vida. ¿Lo recuerdas? Un librito, con un título raro en amarillo y un dragón pintado en la portada. La sinopsis hablaba de elfos, enanos, hobbits y un largo viaje; parecía un cuento para niños. No conocía su autor, de nombre tan extraño, y mucho menos la obra, pero el prefacio había salido de la pluma de una de mis autoras favoritas de ciencia ficción, coterránea y contemporánea mía, y estaba escrito además con un gusto y un intimismo que no necesité otra carta de presentación. Me lo llevé y no me he arrepentido nunca. 


Como nunca me arrepentí de llevarte conmigo. Eras hermoso, de carátula acolchada y brillante, con una página marcada para cada día del año, una cinta de color amarillo para no perderme entre tus hojas, y hasta un espacio para anotar mis pensamientos diarios. Si no hubieras sido así de lindo, no sé si alguna vez me hubiera aficionado a visitarte cada noche. Lamenté mucho cuando te agotaste, la verdad, pero debes sentirte bien. Como un ave fénix, has renacido una y otra vez en cuadernos de los más diversos tipos, hasta llegar al momento en que te he incorporado tanto que ya naces de mis propias manos. 

Ya sé que he tenido tiempos en que me he alejado de ti, y sí, hace ya un par de años que sólo me acerco para contarte lo importante, lo más importante, pero sé que entre nos con sólo una breve frase es suficiente para que entiendas todo lo que llevo dentro. Porque a estas alturas, una buena parte de mi vida la cargas en las (¿cuántas ya? ¿miles?) páginas que hemos llenado juntos. Me has ayudado a poner en claro mis ideas, a entender las situaciones que se me presentan, a examinar mis propios sentimientos... Por eso, por todo, quería hoy agradecerte, querido Diario. 

                                                                              Tu, 

                                                                                                 Elena


lunes, 5 de enero de 2015

De libros a películas y viceversa

Casi todos los que gustamos de leer, solemos estar de acuerdo en que las adaptaciones cinematográficas de una obra literaria nunca logran hacerle justicia. Sin embargo, he logrado encontrarle el gusto a leer un libro y luego, si han hecho alguna peli sobre él, pues verla.

Este último año, por ejemplo, he releído a Tolkien, y esto me ha llevado a volver a ver las tres películas de “El señor de los anillos”, que me gustaron mucho, y a acercarme a las dos primeras de “El Hobbit” que aún no había visto. De estas, la primera también me gustó, me pareció bastante fiel al libro y las variaciones que se permitía eran completamente aceptables. A fin de cuentas, una película es una obra de arte independiente, y como tal hay que concederle ciertas licencias. ¡Ah, pero de la segunda parte no puedo decir lo mismo! Los cambios de la historia me parecieron inaceptables, introduciendo personajes y pasajes sin mucho motivo, quitándole importancia a otros... En fin, que lo que más disfruté fue el dragón, maravillosa criatura, y terminé temiendo qué harán con el pobre Tolkien en la tercera peli (no, no la he visto aún).

También he leído “Las llaves del reino” de A. J. Cronin y me acerqué a su adaptación al cine, una peli de los años 60, creo, donde lo más notable era la actuación de Gregory Peck, siempre perfecto. En realidad, el libro es uno de los mejores que leí en el 2014, y la peli, bueno, ni la terminé. Una interpretación muy ligerita de la historia, también con cambios incomprensibles que terminan volviendo odiosos a personajes que en el libro son centrales y positivos.

Para finalizar, les cuento que he comenzado este año leyendo a Austen. Mi acercamiento a esta autora ha sido muy gradual y aunque ya había leído algo de ella en México, fueron un libro que encontré en Japón llamado “The Jane Austen Book Club” y su adaptación cinematográfica, “Conociendo a Jane Austen”, los que me llevaron a comprar un volumen con sus obras completas. Vale decir que no lo he abierto casi porque está en su idioma original, y si bien puedo mal que bien leer en inglés, ella escribía usando todo tipo de frases del lenguaje antiguo que convierten el texto en un galimatías incomprensible para mí.

Ahora estoy enfrascada con su “Orgullo y prejuicio” -en español, claro- y ayer, buscando otra peli, tropecé con una llamada “Austenland” y me quedé a verla. Porque no sólo las adaptaciones directas de los libros me parecen interesantes, sino también la repercusión que libros o autores han provocado. Esta que les cuento, Austenland, resultó ser una comedia bastante divertida emplazada en lo que vendría a ser un parque temático, un lugar en el que las visitantes podrían sumergirse en la época y las vivencias de la autora y su obra. Una peli buena para pasar un rato agradable, no mucho más, pero a veces también necesitamos este tipo de entretenimientos, ¿verdad?

Mi ejemplar (casi) intacto de las obras completas de Austen.

lunes, 29 de diciembre de 2014

Un viejo amigo

A veces se me dificulta encontrar anécdotas para estas palabras. Al océano como tal lo he visto solo desde la ventanilla de un avión. Mi esposo ha cruzado en barco el Atlántico al menos dos veces y tiene una anécdota buenísima con el Ártico, pero yo nunca me he ido de crucero por ahí y los barquitos en que he montado nunca han salido de un lago o una bahía, que para más señas, no salía al océano abierto sino a algún mar. Mares sí he visto: el Caribe, el Mediterráneo, el Mar Interior de Japón, pero me figuro que el océano deba ser algo completamente diferente. Bueno, tan distinto no será cuando ha de tener agua salada, peces y gaviotas igual que los mares, supongo, pero alguna diferencia ha de haber, ¿no? En fin, que lo más cerca que he estado de un océano ha sido del Pacífico. Les cuento.

Yo pasé los primeros 27 años de mi vida en mi Habana natal, con el Caribe por compañero constante y protagonista de muchas de mis aventuras, hasta que un día de finales de enero de hace ya una década cambié radicalmente de paisaje en las menos de dos horas que duró el vuelo al DF. Desde allí, una de las mayores moles de cemento que he visto en mi vida, el mar es más o menos una leyenda. 

No volví a salir de la reseca Ciudad de México en los próximos tres años y les miento si les digo que pensé en el mar alguna vez en todo ese tiempo. La vida allí era tan diferente y ocupada que no me dejaba mucho espacio para las nostalgias, la verdad.

Luego me vi de nuevo en un avión rumbo a Japón, esta vez fue un viaje de 18 horas, y mi paisaje volvió a cambiar. Si bien Tokyo es tan jungla de concreto como el DF (aunque más hacia lo alto que hacia lo ancho), yo vivía a 30  minutos de la capital en la grácil Tsukuba, un oasis disfrazado de pequeña ciudad universitaria con una clara orientación ecologista, llena de lagos, parques y caminos para ciclistas.

Mientras duró la estancia allá aprovechamos para viajar un poco por el archipiélago, a conocer otras ciudades o a visitar amigos. Una de estas visitas nos llevó a Yokohama. Nuestro anfitrión nos había preparado un tour por la ciudad y, como parte de este, dimos un paseo en lancha por su histórica bahía. Esta, como la habanera, es una bahía de bolsa, pero a diferencia de la de mi tierra, esta sale a un océano, al Pacífico. Si alguna vez he estado cerca de un océano, pues, ha sido en esa ocasión.

La nota más memorable de ese momento, sin embargo, fue el reencuentro con el mar. Tantos años sin verlo y de pronto allí estaba, un rumor azul salado, llenándolo todo delante de mí, llenándolo todo dentro de mí. Entonces descubrí cuánta añoranza guardaba en mi interior por él. A pesar de que no lo había extrañado concientemente, ese día me di cuenta de que mi cuerpo y mi alma echaban en falta, ¡y mucho!, su cercanía. 

lunes, 22 de diciembre de 2014

El día en que se me cayeron las alas del corazón

Ñaño, qué palabra extraña para llamar a un hermano. No creo que a mis hermanos les hubiera hecho gracia que los llamara así, a ninguno. Sí, tengo varios. Cinco para ser exactos. Todos son mayores que yo, por lo que si había algún sobrenombre siempre me lo colgaban a mí, aunque con el tiempo, por suerte, terminamos usando entre nosotros un “mi herma” lleno de cariño y respeto.

No les voy a hablar de todos mis hermanos, sino solo de uno. Si  bien entre todos siempre mantuvimos buenas relaciones, este es quizás el más cercano a mí. Era el único que vivía conmigo cuando yo era niña y, claro, siempre quise ser como él. Tiene doce años más que yo y lo imitaba en todo, lo tenía de ejemplo a seguir. Si mi hermano traía un disco de Los Beatles, yo me aprendía todas las canciones a fuerza de escucharlas; si montaba en bici, yo quería una; si ponía un póster en su closet, yo ponía otro en el mío; si usaba camisas de seda, yo se las birlaba de vez en cuando para ponérmelas... No quería competir con él, quería ser como él. No sé, la verdad, cómo me tuvo paciencia durante tantos años de convivencia. 

Claro que por la diferencia de edad, pocas eran las actividades que compartíamos más allá de vivir bajo el mismo techo.  Alguna que otra vez íbamos en familia a comer a algún restaurante o a pasarnos el día en la playa, pero poco más. No era de extrañar: él tenía su grupo de amistades, sus gustos y andaba ya detrás de las chicas cuando yo aún estaba aprendiendo a leer. No sé si él lo ha sabido alguna vez, pero yo guardaba (y aún guardo) el recuerdo de esos momentos en su compañía como uno de mis tesoros personales.

Por eso se me hizo tan especial que un día me invitara a ir al cine, él y yo solos. Tendría yo unos siete u ocho años y recién habían estrenado una peli de animados japoneses (“Los falsificadores”, la titularon en la isla aunque el título original era “El castillo de Cagliostro” de la serie de Arsenio Lupin III, de Miyazaki Hayao). Él también la quería ver y se ofreció a llevarme a verla el siguiente viernes.

Esto me lo dijo como una semana antes y se imaginarán que estuve varios días que casi ni dormía de la emoción, no tanto por ir al cine sino por ir con él. Quería estar lo más preparada posible para ese día. Con mi mamá, escogí el vestido que me pondría, cada tarde lustraba mis mejores zapatos, le preguntaba a todas mis amiguitas si ya habían visto la película y les pedía que me la contaran... 

El miércoles, faltando apenas dos días para la salida con mi hermano, vino mi padrino a casa. Venía a ayudarme con los estudios pero yo estaba tan entusiasmada con la perspectiva de ir al cine que no tenía cabeza para aquello. Mi padrino, malinterpretando mi excitación, me dijo que si yo quería tanto ver esa película, pues que en lugar de estudiar él podía llevarme a verla esa misma tarde. Y yo le dije que sí, porque pensaba que así tendría la ventaja de ya conocer la peli y podría disfrutar mejor del tiempo con mi herma.

Ese día, cuando regresaba con mi padrino a casa, vi la bici de mi hermano recostada a la puerta de entrada e inmediatamente supe que algo iba a salir mal. Yo no contaba con que él regresara temprano pero allí estaba, esperándome, con cierta decepción en la mirada. Entonces, para mi horror, me dijo que si ya había visto la peli pues no había necesidad de que volviera a verla con él, que ese viernes iría con sus amigos al cine. ¡Por mi impaciencia lo había echado todo a perder!

No podría contarles cuánto lloré esa noche y la siguiente, ¡y la noche del viernes! Mi madre intentaba calmarme pero no hizo nada para que mi hermano cambiara de opinión. Era una lección que me tocaba aprender y ella lo sabía. La vida luego me ha seguido poniendo a prueba y me ha soltado más de un golpe por mi tendencia a apresurarme, pero les aseguro que ninguno ha sido tan duro como aquel. 

Aquí, en mi sexto cumpleaños, con tres de mis hermanos.
El de esta historia es el que está en medio.

lunes, 15 de diciembre de 2014

En el Malecón

Uno de los lugares más conocidos de la Habana es su malecón, el muro largo y bajo que bordea una buena parte de la ciudad. Es una frontera que por la mucha convivencia ya se percibe como natural entre la tierra y el agua. Es un (mal) contenedor de sueños y añoranzas; los unos de miles de habaneros y las otras del propio mar que, buscando recuperar lo que antes era suyo, de vez en cuando desafía al muro, lo embiste de mil maneras y hasta lo cruza para perderse tierra adentro, como a veces también hacen los hombres pero en la dirección contraria.

El malecón es, además, uno de los espacios más queridos y frecuentados de la ciudad. No creo que haya un habanero que no cuente con varios recuerdos relacionados con él. Es lugar de pesca en la mañana, de paseo en familia, de descanso en medio de la jornada, de romance en pareja, de alegrías con amigos, de reflexión en solitario, continuación de casi todas las fiestas... Al malecón se va a muchas cosas, y se va mucho. Siempre, de día o de noche, hay gente a su vera. 

Mientras viví en la isla, yo era también una de sus habituales. Iba con frecuencia, sola la mayoría de las veces. En la tarde, cuando el sol ya no castigaba tanto, me sentaba en el muro, me quitaba los zapatos y descolgaba los pies hacia el lado del agua. Ahí, entre el murmullo constante del vaivén de las olas y el olor a sal y algas, encontré un sitio ideal para pensar y para leer. No había nada mejor que tumbarse sobre el muro, con la mochila a modo de almohada y sumergirse en un buen libro. El mar se tragaba el ruido de los coches, las voces de la gente. Sólo quedábamos el libro y yo, sin otra compañía que la del mar. 

Fue en una de esas ocasiones cuando noté por primera vez las nubes. Estaba, como les digo, tumbada sobre el muro, cerré el libro que estaba leyendo por un momento y entonces las vi justo sobre mí. Nubes, muchas nubes que venían desde el mar. Avanzaban lenta y solemnemente en dirección a la ciudad. Eran nubes bajas, más o menos del mismo tamaño, equidistantes entre sí y con una característica especial: no sé si era efecto del mar, quizás del viento, pero todas sin excepción eran planas por la parte de abajo. 

Me quedé fascinada mirando ese fenómeno en el que nunca antes había reparado. Puede que fuera influencia de lo que leía, una historia de ciencia ficción, pero me pareció clarísimo que estaba en presencia de una invasión extraterrestre. Aquellas no eran nubes sino naves de otro planeta que, camufladas de esa forma para no ser reconocidas, iban adentrándose en nuestro territorio. ¿La prueba? Aquella sospechosa forma plana en su parte inferior. De ahí sacarían luego los apoyos para aterrizar. ¡Era evidente!

La impresión me duró poco, unos momentos no más. La vida de la ciudad no permite que este tipo de sueños se extienda demasiado, pero lo cierto es que aún hoy cuando veo nubes de esas características no puedo evitar pensar en la invasión extraterrestre que se nos viene encima, lenta, solemne, inexorablemente...

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(La imagen no es muy buena, pero es la que mejor permite ver las nubes planas de que les hablo.)

lunes, 8 de diciembre de 2014

Mi madre y el uniforme escolar

1ro. de septiembre de 1981. Mi primer día de clases en la escuela primaria. Tenía yo cuatro años y en realidad no me acuerdo mucho de ese día, salvo la expectación tan grande que sentía y... esta historia en particular. 

En un mundo donde los centros educacionales, todos, tenían nombres de mártires revolucionarios nacionales o extranjeros, mi madre escogió para mí la excepción de aquella regla. Mi escuela primaria se llamaba Leonardo Da Vinci y mientras otros niños en otras escuelas tenían que estudiar y a veces hasta memorizar la vida de algún mártir, en la nuestra hacíamos lo mismo pero con la vida y obra de este genio creador tan polifacético. Creo que mami nunca ha sabido cuánto esa “casualidad” ha marcado mi vida, y lo agradecida que le estoy por eso. 

La Da Vinci estaba ubicada a tres cuadras de mi casa, y para llegar a ella había que bajar por una calle inclinada que guardo con especial cariño en la memoria porque tenía un árbol de algodón, el único que he visto en mi vida, y algunos flamboyanes que eran un estallido de color entre tanto cemento. Por ahí iba yo de la mano de mi madre, aquel primer día de septiembre, cuando veo a otros niños que salían de sus casas acompañados por sus padres, madres o abuelos, y tomaban el mismo camino que nosotras, todos (¡los niños!) con su flamante uniforme nuevo.

No sé cómo será en otros países, pero en la isla se mantiene el uso obligatorio de un uniforme desde que se comienza en prescolar hasta que se termina el nivel de preuniversitario. De acuerdo al grado y al tipo de escuela, los uniformes cambian de estilo y color, y entre todos ellos el de primaria siempre ha sido de los más bonitos. Consta de una camisa blanca y una falda para las niñas o un pantalón para los niños (corto en verano, largo en invierno) de color rojo oscuro. Luego, ya en primer grado, el niño se convierte en “pionero” en una ceremonia en la que comienza a formar parte de la OPJM (Organización de Pioneros “José Martí”) y como símbolo de esto se le adiciona una pañoleta azul al uniforme, que luego, en quinto grado, se cambia por una roja. Si bien más adelante llegué a odiar eso de llevar uniforme a diario y me ponía la pañoleta sólo para estar en la escuela, en la primaria tenía todo el encanto de lo nuevo; era un orgullo llevarlo y mantenerlo limpio y bien puesto.

Aquel día, pues, mientras yo veía con curiosidad a mis futuros amiguitos, fascinada con los lindos colores del uniforme, mi madre estaba viendo algo muy diferente. Con cada niña que pasaba por nuestro lado ella se iba poniendo más y más nerviosa, hasta que al fin apretó el paso y me llevó hasta la casa de una de sus amigas. Llamó un poco desesperada a la puerta (me imagino su pena, a las siete de la mañana llamando así en una casa ajena) hasta que por fin abrió su amiga, una señora con cara de sueño, rulos en la cabeza y una bata de dormir ligerita que enseguida nos hizo pasar: “¡¿Pero qué pasa, Dulce?!” Mi madre, explicándole al vuelo algo que yo no acababa de entender, me fue empujando hasta el baño de la casa. Una vez allí, me quitó la falda del uniforme y volvió a ponérmela, pero ¡al revés de como yo la traía hasta ese momento!

La falda de las niñas tiene unos tirantes que se cruzan a la espalda y resulta que con la perspectiva de mi primer día de clases, mi primer día fuera de casa, y su falta de experiencia (yo soy su única hija hembra), mi madre, que estaba más nerviosa de lo que yo nunca le había visto, me había puesto la cruz hacia el frente y no se dio cuenta hasta que vio a las otras niñas en la calle. 

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Como epílogo debo decir que a estas alturas yo no recuerdo a casi ninguna de las amigas de mi madre de esa época, pero la cara divertida de aquella señora al vernos salir de su casa a toda prisa para no llegar tarde a la escuela, esa nunca la he olvidado.

lunes, 1 de diciembre de 2014

Foto-crónica de un paseo en barco bajo la lluvia

Me van a perdonar, pero buscando una anécdota con este tema de la lluvia vuelvo a caer en el viaje a Suiza del verano. Si sigo así, al final terminaré contándoles todas nuestras peripecias en ese país. 

Creo que nunca había estado en un lugar con un clima tan inestable. El sol, el viento, la lluvia, el frío, el calor... De la mañana a la noche todos los elementos se alternan sin orden ni concierto y uno no sabe a qué atenerse. Hay que salir con varias capas de ropa más protección contra la lluvia, seguros de que durante el día habrá ocasión de ponerlo y quitarlo todo más de una vez. 

En algún momento del segundo día de nuestro viaje, cruzamos en barco el lago de Lucerna desde un pueblo llamado Küsnacht hasta la ciudad de Lucerna. Mientras estábamos en el embarcadero esperando nuestro transporte el clima se mantuvo muy agradable, siempre con algo de frío aún en verano (sobre todo para nosotros venidos del sur) y un poco de niebla en las cimas cercanas pero soleado. 

Küsnacht

Luego llegó el barco, una  reliquia casi. Era un vapor de ruedas de nombre Schiller con más de un siglo en sus costillas y muy bien conservado, “como todo en Suiza” -nos dijo nuestro anfitrión. 

¡Ya viene!

Ahí bajo el nombre se podía ver una de las ruedas que propulsan el barco.

El motor que data de 1906... ¡como nuevo!

El lago tiene una forma muy irregular y es bastante grande, de modo que -explicó una voz en el megáfono del barco- en la travesía es posible que el tiempo cambie. Y tuvimos oportunidad de comprobarlo. A poco de partir, nubes oscuras comenzaron a amontonarse sobre nuestras cabezas y cuando íbamos por la mitad de la travesía se desató una tormenta fea, con rayos y todo, que levantó incluso un poco de oleaje aunque nada peligroso. Es una pena, pero no se me ocurrió hacer una foto del momento de la lluvia; estaba dentro tomándome un café calentito y ni lo pensé. Por suerte, no tardó en amainar y finalmente desaparecer, dejándonos como recuerdo un hermoso arcoiris.



Cuando por fin llegamos a la ciudad de Lucerna, el sol volvía a brillar como si nada hubiera pasado.

Llegando a Lucerna

El Schiller en toda su gloria, esperando pasaje para una nueva travesía.

He aquí la razón de que visitáramos Lucerna: "El puente de la capilla", el puente de madera más antiguo de Europa (s. XIV) y el segundo más largo.  Lleno de flores, con cisnes alrededor... ¡un sueño!


No tengo fotos de la lluvia de ese día, pero sí de la de ayer. Torrencial como pocas, digno colofón para una semana de lluvias diarias.  


lunes, 24 de noviembre de 2014

Asunto de familia

Este verano pasado estuvimos unos pocos días de visita en Suiza. Aunque nuestra idea original era ver sólo Zürich y, con suerte, los alrededores, nuestros anfitriones nos organizaron visitas a varias ciudades de la parte alemana de este país: San Galo, Lucerna, Zürich, Basilea, Lauterbrunnen (desde donde subimos a los Alpes), Baden y Berna, la capital.

El casco antiguo de Berna, visto desde la otra orilla del río Aare.

Uno de nuestros amigos ha pasado varios años trabajando y estudiando en esa última ciudad y nos regaló un paseo por su parte antigua para mostrarnos los lugares más representativos. El casco histórico es de esos sitios que hay que visitar alguna vez en la vida. Allí se siente uno como en medio de un decorado de película medieval, con flores en todos los balcones, ventanas de madera calada, y hasta un reloj del que salen autómatas en las horas en punto (el más antiguo de su tipo que sigue funcionando). 

La calle central con el reloj al fondo.
En una de estas casas vivió Einstein.


Hubo algo en particular que me llamó la atención: en todas partes de una forma u otra había alguna alusión a osos, desde una calle en el centro que tenía varias fuentes y en cada una había una escultura de uno o varios osos, hasta el gran oso en medio del escudo de la ciudad.

Y es que -nos explicó nuestro amigo- en el origen de Berna hay una leyenda que cuenta que a principios del siglo XII el duque Berchtold V, su fundador, le puso el nombre del primer animal que cazó en su territorio y que resultó, adivinen, un oso ("bär" en alemán). Hay otra explicación del nombre que habla de antiguas palabras celtas, pero resulta mucho más aburrida. Así, casi desde la fundación de la ciudad el oso se considera su animal protector, y se mantienen algunos ejemplares en un recinto al lado del río conocido como "el foso de los osos". 

Bueno, se preguntarán ustedes a qué viene toda esta historia sobre osos y ciudades medievales. Resulta que nunca he ido a Australia, donde me imagino que sea más común ver koalas, y en los zoológicos que he visitado no ha habido ninguno. Vamos, que en mi vida nunca he visto un koala salvo en dibujos animados y en documentales de televisión. Así que pensando y pensando en este animalito me di cuenta de que, a falta de una anécdota, tenía esta historia reciente de la visita a la linda Berna, la ciudad de los osos, y como los koalas también son osos (o casi)***... pues todo queda en familia.

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***Nota: Los koalas en realidad no son osos sino marsupiales, como los canguros, pero como toda mi vida escuché "oso koala" la asociación me fue inevitable.

lunes, 17 de noviembre de 2014

Cara y cruz de una jornada ideológica

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No se asusten que no les voy a dar una charla sobre ideología, no es mi estilo, pero la palabra “jornada” más que al tema de una jornada laboral o similar me remite a mi infancia, a las “Jornadas Ideológicas Camilo-Che” que organizaban -y supongo que siguen organizando- cada año en la isla, sobre todo en las escuelas primarias y secundarias, del 8 al 28 de Octubre, fechas que marcan respectivamente la muerte de Ernesto Che Guevara y la de su mejor amigo en la isla, Camilo Cienfuegos Gorriarán. 

Era casi un mes de actividades: lectura de comunicados en los matutinos, mítines “espontáneos”, recreaciones de alguna batalla en la que hubieran tomado parte ambos combatientes, visitas a lugares relacionados con ellos... “Inyección en vena” le llamaban algunos adultos no muy contentos con este tipo de bombardeo ideológico al que éramos sometidos los niños, pero lo cierto es que para nosotros era bastante divertido. 

Montar aquellas representaciones era todo un evento. Debíamos disfrazarnos de guerrilleros, con uniformes color verde olivo, boinas a juego y unas botas enormes al momento de la representación y, por supuesto, cargar armas de juguete y pasarnos todo el rato imitando el sonido de las armas reales: "¡Rrrratatatata!", lo cual no difería mucho de nuestros juegos de siempre. Además, para los ensayos nos hacían saltarnos alguna clase, con frecuencia la última del día que era la que menos nos gustaba y eso, si no me equivoco, ha sido motivo de alegría para todos los niños en toda la historia de la educación universal.

Otra actividad que se solía hacer era ir a “tomar por asalto” otra aula u otra escuela. Nos salíamos de nuestra clase para irrumpir en otra y leer comunicados sobre la Jornada, declamar poesías (“El Che murió en Bolivia / con una estrella en la frente / alumbrando el continente / de la América Latina”) o cantar a coro una canción de la que sólo recuerdo el estribillo: “Camilo y Che, Che y Camilo, ¡nadie los olvidará!” -(¿quién sería el autor?) 

Pero lo que más nos gustaba, sin dudas, era irnos de excursión hasta el Malecón casi siempre alrededor del 28 de Octubre. La idea era arrojar una flor blanca (o la que se consiguiera) al mar en homenaje a Camilo, que desapareció al caer inexplicablemente su avión en alguna zona de las costas cubanas sin que lograran encontrarlo nunca. 

El cubano tiene fama de ingenioso, y a veces está bien ganada. Eran muchas las escuelas que no tenían cerca el mar y la solución que encontraron para cumplir con aquella actividad orientada por instancias superiores, fue arrojar las flores en algún río o estanque cercano o, en su defecto, en una piscina, fuente o cualquier recipiente con agua, así fuera una cubeta. Aquello debía funcionar como la homeopatía, digo yo, lo importante era homenajear al héroe arrojando una flor al agua. 

Nuestra escuela estaba en Lawton, un barrio para nada central de la Habana y bastante lejos del mar, por lo que no siempre podían llevarnos hasta allá. Lo que sí teníamos muy cerca era una casa en la que se decía que había vivido Camilo, frente a la cual había un busto con su imagen. Allí era donde casi siempre depositábamos nuestras flores en su honor. 

¡Ah, pero cuando sí lograban organizarlo todo bien, ese era día de fiesta para nosotros! Se suspendían las clases desde la mañana y nos llevaban en autobuses hasta algún punto del Malecón habanero y después de arrojar nuestra flor al mar, nos llevaban a pasear por la zona. Recuerdo incluso alguna ocasión en la que al final de esta actividad los profesores nos llevaron a Coppelia, La Catedral del Helado, que en ese entonces estaba en uno de sus mejores momentos.

Todo aquello tenía seguramente un sentido muy elevado pero para nosotros, los niños, que no teníamos mucha idea ni siquiera de qué significaba la palabra “ideología” que formaba parte de las Jornadas, no había otro fin en todo aquello que el de la diversión. Nos lo pasábamos genial. Eran horas y hasta días sin clases, visitas a otras escuelas, viajes de ida y vuelta en autobús, cantando y divirtiéndonos... Éramos niños y no pedíamos más. 

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lunes, 10 de noviembre de 2014

"Soy como la vida cuando tiene vida: zurda y civilizada..."

El 12 de febrero de este año se extendió como pólvora entre los cubanos de todo el mundo la noticia de la muerte del trovador Santiago Feliú. Santiaguito. Santy. No lo podía creer; nadie lo podía creer. Santiaguito era aun joven, recién había pasado los 50 y su voz seguía resonando con la misma fuerza y franqueza de siempre. Ni siquiera hace un año y me parece una eternidad. Creo que ha sido la primera vez que he sentido dolor por la muerte de un artista, alguien a quien nunca conocí en persona. 

No es que quieras y no puedas,
si el amor no está de moda.
Son ventanas que por dentro
se nos cierran sin remedio
y nos devuelven ese tiempo
cuando todo comenzaba,
y no queda más salida que llorar y sonreír,
para seguir intentando encontrarse un porvenir.

Y es que, ajeno a mi entorno como era, este trovador fue piedra angular de mi formación. En los momentos de mi adolescencia (suspiran en ti años felices, dudas del porvenir) en que empecé a decidir por mí misma qué quería escuchar, cuando empecé a cuestionarme qué tipo de música era la que realmente me gustaba, la que me llamaba, la que me hablaba y me hacía crecer como ser humano, entonces Santiaguito fue de mis primeras elecciones junto con Silvio, Pablo y otros representantes de la Nueva Trova mucho menos conocidos.

Esa lágrima en tu seno
son diabluras que hace el miedo.
Tú imagínate horizonte,
un atardecer en Venus,
y no te creas que no es cierto,
la verdad, te está pasando.
Los guerreros de la vida
de tu amor están cuidando,
y no hay otra fantasía más sagrada que vivir. 

¿Por qué lo elegí? Creo que no hay una razón única para una elección que sale más bien del corazón. Quizás fuera por su voz limpia, por su fuerza, por su mezcla de trova con rock, por sus canciones llenas de sentido que me hablaban de la verdadera libertad, por sus cabellos largos, por su irreverencia, porque incluía la armónica en algunos de sus temas o por su forma peculiar de tocar la guitarra. 

Cuando sube, siempre baja la marea,
ilusiones y canciones que se van,
pero queda lo infinito que te falta:
la libertad, la soledad. 

Esto último era quizás lo más llamativo en él, porque han de saber que era zurdo y tocaba la guitarra al revés, tal cual, sin cambiarle las cuerdas. Alguna vez leí que lo hizo así porque nunca nadie le dijo que no era la manera correcta. Él sencillamente quería tocar guitarra y un día agarró una, le dio la vuelta y comenzó a adaptar las posiciones a sus necesidades. 

Y qué color tendría el mundo
si se te acabara el sueño.
No serías ni la sombra del amor que tienes dentro,
no serías ni el misterio de la luz y el desencuentro,
andarías descubierta con el ángel sin belleza,
escapando del destino, intentando no existir. 

Santiaguito era así de rebelde y fiel a sí mismo. No sólo era zurdo -y gago y tímido y un excelente poeta- sino que además siempre tiraba por la izquierda. El mundo cambió y él se mantuvo cantándole a aquellas causas que consideraba justas hasta que las causas cambiaban su línea (pero cómo seguirte a ti si cuando más me necesitas, me abandonas). Entonces las criticaba y encontraba otras que encajaran en sus ideas de izquierda, de justicia social, de humanidad amplia e integradora.

Siempre sube y siempre baja la marea,
nuevos sueños que en tu estrella brillarán,
pero queda lo infinito que te falta:
la libertad, la soledad. 

Por eso cuando leí que el tema de esta semana era “izquierdo” pensé inmediatamente en él. Izquierdo es (también) zurdo, y Santy ha sido el zurdo más importante de mi historia personal aunque, incluso teniendo amigos en común y frecuentando los mismos lugares, nunca coincidimos salvo en algún teatro, él en el escenario y yo entre sus fans de primera fila.

No es que quieras y no puedas más,
el amor no está de moda.
Son ventanas que por dentro
se nos cierran sin remedio
y nos devuelven aquel tiempo,
donde todo comenzaba,
y no queda más salida que llorar y sonreír,
para seguir intentando encontrarse un porvenir.

He pensado mucho qué canción compartirles de él, tiene muchas románticas, bonitas, fáciles de escuchar... Al final me he decidido por un video en que se puede ver bien su forma de tocar la guitarra, donde interpreta uno de sus temas bastante rockanrolero que no sé si es de sus mejores pero, según yo, reúne su simpatía, su irreverencia, su rebeldía, sus ideas de izquierda y su actitud de “así soy yo y no me importa lo que piense el mundo”, sin dejar de ser por todo ello una canción de amor, una respuesta muy peculiar a esos momentos de casi toda relación en que caemos en aquello de "¿por qué te pones así conmigo?"



La letra la pueden encontrar en Cancioneros.com aunque con cambios, siempre cantaba esta canción de una forma diferente.

(Los versos que les he compartido antes son de su canción “Para ti”, y los fragmentos intercalados en el texto así como el título de este post pertenecen a otro de sus temas titulado “La ilusión”.)

lunes, 3 de noviembre de 2014

Un amor aprendido

La Historia, la que se escribe con mayúsculas para diferenciarla de las pequeñas historias cotidianas, es algo apasionante. De hecho, uno de los géneros literarios que más disfruto en la actualidad es la biografía. No he encontrado mejor manera de acercarme a un período histórico que a través de la biografía de una personalidad siempre que esté bien contada, de una forma amena e interesante. Sin embargo, este es un gusto aprendido al menos en mi caso.

Desde niña odié los libros de Historia con sus largas enumeraciones de personalidades y sus interminables listas de fechas que nunca me pude aprender del todo. No recuerdo si alguna vez tuve un buen profesor de esta materia, de esos que te hacen apasionarte por cualquier sujeto de estudio. Supongo que no, porque hasta hoy de tan solo pensar en esos libros puedo caer dormida del aburrimiento. 

Afortunadamente hay otras maneras de aprender a amar la Historia y viajar es una de ellas. Eso lo descubrí desde mi primer viaje fuera de la isla. En esa ocasión caí en otra isla, Japón, mucho más antigua y también más respetuosa con su Historia que la mía. En aquellos quince días, tuve la oportunidad de visitar templos, monumentos, ciudades, lagos, montañas. Todos eran lugares muy hermosos pero si algo tenían en común es que eran lugares históricos. 

Fue un maestro de artes marciales quien me enseñó a apreciar la Historia como algo vivo, presente, algo que a pesar de haber pasado permanece en torno nuestro, y lo hizo con un par de frases sencillas y certeras. En una visita al templo Tojiin de Kyoto, donde están enterrados los shōgunes de la línea de los Ashikaga, el maestro me dijo que la tumba que estábamos mirando en ese momento ya estaba en ese lugar desde mucho antes de que los españoles llegaran a América, e inmediatamente le hizo una reverencia a la piedra cubierta de musgo en la que apenas si alcanzaba a verse alguna leyenda. Luego, esta vez en el templo Ryoanji, al verme andar por sus pasillos con las manos a la espalda como si fuera un museo, me tomó una mano y la puso sobre una gruesa columna de madera que tenía por lo menos quinientos años de antigüedad, “porque —me dijo con un guiño travieso— la Historia no sólo se ve, también puede sentirse”. 

A partir de entonces nunca he vuelto a ver una ciudad, ni siquiera mi Habana natal, de la misma forma. Cuando uno ha sentido por una vez la Historia que guardan las paredes no es posible seguir caminando solo entre edificios. Bajo la mirada de quien busca su Historia las ciudades se desdoblan, se abren como verdaderos libros y muestran gustosas sus otras páginas, las que se escribieron mucho antes de nuestro nacimiento. Y es que concordarán conmigo en que no es lo mismo tomarse un cubata en un bar como otro cualquiera de una populosa calle de Sevilla, que hacerlo sabiendo que en ese lugar había una cárcel donde estuvo preso el propio Cervantes, y hasta brindar en su honor.