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domingo, 19 de octubre de 2014

De estreno en estreno

Dandole vueltas al tema de la semana he recordado algunas anécdotas, unas graciosas y otras francamente para olvidar.
La que les contaré ahora, se remonta a mi época escolar inicial, tendría yo unos 5 o 6 años y estaba en el jardín #4, era mi primer año escolar, el uniforme era una falda azul de tablones, una blusa blanca y un lindo corbatín rojo, recuerdo que mi jardín de infantes quedaba en el centro y muy cerca de allí quedaba la escuela donde mi mamá era maestra y por tanto siempre estaba pendiente de mi y ante cualquier situación podían ir a buscarla, además que era amiga de mi profesora. 
Mi jardín era mixto así que en ese año compartí con niños y niñas y recuerdo que allí tuve mi primer admirador, un compañerito de jardín llamado Freddy, que tenía una forma muy particular de demostrarme su amor y tratar de enamorarme, tocaba piano y se destacaba entre todos los niños, no es que lo hiciera perfecto pero si lo hacia mucho mejor que el resto, recuerdo que había un piano negro y allí se sentaba a impresionarme con su música, pero como no siempre causaba el efecto deseado, creo para llamar mi atención empezó a quitarme mi corbatín del uniforme y lanzarlo al techo, o botarlo por la ventana o simplemente desaparecerlo.
Como es de suponer mi mamá fue a quejarse porque todos los días llegaba sin mi corbatín a casa y muy molesta, sin embargo a pesar de la queja, Freddy seguía en cualquier descuido mío quitándome mi lazo mi mamá ya cansada de quejarse y no obtener resultado, optó por comprar algunos metros de la tela con la que hizo tantos lazos que recuerdo tenía un cajón de ropa lleno de ellos, así cada día de clases yo estrenaba un corbatín nuevo, todo ese año escolar transcurrió de estreno en estreno.
Nunca más supe de Freddy, o quizás se llamaba Raúl, no lo recuerdo bien, solo se que vivía a dos cuadras de mi casa pero creo que se mudaron. Aun el día de hoy si le preguntan a mi mamá por mis lazos rojos del uniforme del jardín se ríe y se acuerda perfectamente del cajón lleno de ellos.

Solo tengo quince...

He vuelto, es hora de que les cuente una anécdota. En realidad no podía acordarme de ninguna. ¿Por qué? Porque el tema de la semana es “Enamorar” y tengo apenas quince años. No he vivido grandes aventuras, soy un adolescente simple.
Debo confesar que nunca he tenido una novia, al menos se puede decir que no he necesitado una. Lo más común es que muchos de ustedes recuerden a sus amores del colegio. Mis conversaciones con adolescentes del sexo opuesto se limitan a preguntas de este tipo:
·         ¿Hiciste la tarea? Apuesto a que sí, préstamela.
·         ¿Tienes dinero?
·         ¿Me das un poco de tu comida?
Para estas preguntas solo hay una respuesta: No. Creo que tampoco puedo parecer muy interesante cuando trato de hablar con alguien sobre un libro nuevo o un artículo que leí.
            Nunca me he enamorado, pero no descarto esa posibilidad. Tengo que ser honesto, las compañeras de mi clase no me parecen atractivas. ¿Qué es lo que me atrae? ¿Ojos azules y una dulce voz? Estoy acostumbrado a leer cosas como “enamora si es alto” o “suma puntos si va al gimnasio.” Creo que es mi turno de dar mi opinión. “Me enamora si lee por diversión”, “suma puntos si le gusta The Beatles” y “me interesa si es culta”. Las cualidades físicas no me interesan, pero deben saber que Billie Piper es para mí una de las mujeres más guapas en este mundo.

            Me gustan sus anécdotas y me pregunto si algún día yo tendré una buena anécdota para contarles. Por ahora estoy satisfecho de saber que mi principal preocupación es estudiar.

La curiosidad mató al gato

Creo que a todos nos ha pasado cuando éramos pequeños, que las cuestiones del amor nos eran incomprensibles y, por la misma razón, nos provocaban mucha curiosidad. Mis amigas y yo no éramos la excepción. Al rondar los 8 a 10 años solíamos conversar al respecto y, yendo un poco más allá, no dudábamos en tratar de comprobar, con nuestros propios ojos, de qué iba la cuestión.

En ese entonces, yo vivía en lo alto de una loma, frente a la iglesia matriz del
http://carosolbrisa.blogspot.com/2011/05/iglesias.html
pueblo, y casi, casi, al pie del mar, para llegar al cual bastaba bajar una gran escalera (creo que eran más de 50 escalones). La particularidad era de que en esa escalera se habían construido dos miradores para apreciar el paisaje, el primero, al nivel de la cima de la loma, y el segundo a medio camino, y casi escondido a las miradas del público. Ese era el mirador preferido de los enamorados, pues debido a lo reservado del lugar, no dudaban en expresarse con besos (no iban más allá de eso) todo su cariño. La foto adjunta muestra la iglesia, la casa parroquial a su izquierda y parte de la escalera.

Y allí era donde mis amigas y yo procedíamos a "investigar" qué era eso de estar enamorado. Nos dedicábamos a espiar a los pobres enamorados, dizque escondidas pero muertas de la risa, lo que hacía que ellos estuvieran más que conscientes de nuestra molesta presencia, escuchaban nuestras risas, comentarios, hasta llegamos a lanzarles piedritas. Realmente éramos insoportables jajajaja.

Un día que nos hallábamos en esas nos topamos con un enamorado de armas tomar, que al darse cuenta de nuestra presencia no dudó en "corretearnos" para espantarnos de ahí, nosotras nos pegamos tremendo susto pero seguíamos, ahora de un lugar un poco más lejano, mirándolos e incomodándolos. Y para esto no dudamos en entrar al jardín de la casa parroquial, que estaba junto a la iglesia y desde donde se apreciaba perfectamente a los enamorados. Tanto fue el alboroto que armamos que el sacerdote terminó asomándose a la ventana y, constatando que era lo que hacíamos, salió a reprendernos y a mandarnos por las mismas a nuestras casas (y creo que hasta a los enamorados los despachó jajajaja).

Pero lo peor fue al día siguiente, cuando todo mi grado asistió a la misa celebrada por el mismo sacerdote y él, viéndonos en primera fila, no dudó en dirigir su sermón hacia las actividades que "ciertas niñas" hacían durante sus horas libres en lugar de estar en sus casas estudiando. Era obvio quienes éramos esas niñas pues era bien conocido que solíamos reunirnos en mi casa en la tarde luego de la escuela y que luego salíamos a jugar en las afueras de la iglesia.

No está de más decir que dicho sermón nos sirvió de lección y desde entonces dejamos en paz a las parejas de enamorados, que seguramente respiraron aliviados al haberse librado de unas niñas tan curiosas y molestosas. Tan, tan.






Las cosas que hacemos por amor...

La palabra de esta semana me costo, no tengo ninguna historia digna de contar que implique la palabra enamorar, enamorado o semejante en el sentido romántico...soy muy práctica para esas cosas.

Hasta hace un rato, estaba convencida que saltaría esta semana, que no tenia nada que decir al respecto, hasta que vi una publicación de Karelia en la página de FB y luego vi una promoción de Juego de Tronos. Los "iniciados" en la saga entenderan el título, para aquellos que no tienen idea, les digo que esa frase, "Las cosas que hacemos por amor..." la dice uno de los personajes antes de arrojar a un niño de una torre que lo descubre manteniendo relaciones sexuales con su hermana que dicho sea de paso es la esposa del rey...pero no, me parece que la mayoría de nosotros no llegamos a esos extremos por amor...tampoco a andar en zancos como el gallo para demostrar su interés por el flamingo, pero casi.

Al principio decía que soy muy práctica pero también soy muy flexible y desde mi punto de vista cuando mas se nota la flexibilidad es cuando nos enamoramos. Hacemos cosas que probablemente de propia cuanta no haríamos y hasta lo hacemos de buena gana!! lo cual no esta mal, siempre y cuando no perdamos nuestra personalidad en el proceso y que no terminemos haciendo cosas con las que no estemos de acuerdo sólo para complacer al otro. En mi caso, mis "sacrificios" se limitan a ir a bailar o a la playa, ambos enormes ya que no me gustan para nada ninguna de esas dos cosas y con el entendimiento tácito que la próxima salida será al cine a ver una película obviamente elegida por mi o un concierto de un artista de mi agrado o cualquier otra actividad de mi gusto. A pesar de esos dos enormes sacrificios nada se compara con poner buena cara cuando vas al estadio y su equipo de béisbol  le gana al tuyo, especialmente si son equipos rivales, algo que sólo puede entender un verdadero fanático, por suerte esas son de las cosas que hacemos por amor única y exclusivamente cuando la relación esta iniciando después echarle tierra al equipo nos sabe a nada aunque sigamos haciendo los demás "sacrificios"


Convergencia del Enamorar y la vida

Colaboración de Luisa Adriana

Donde convergen el “Enamorar”, con la vida, el desarrollo de emociones que nos van permitiendo ser mejores seres, ser felices,  quizá de encontranos con nuestra media naranja, o la mitad  de un algo que puede faltarnos para caminar por el mundo. Pues creo que todos decimos que el “Enamorar” es parte de tener pareja, de poder incluso convivir con ella, sin embargo “Enamorar” es un efímero, porque  es un placer hasta momentáneo por los collares de una vitrina, la blusa que lleva otra al pasar a nuestro lado, una sonrisa, unos ojos que mirones nos hacen colorear, por un sabor que no se conocía, o incluso por ese café servido en el momento justo, a la caricia materna de un instante cualquiera, o la palabra paterna precisa, tiene que ver con afecto, con placeres – cuentan los mundanos- en sí, con lo que mucho queremos hallar para sentirnos plenos y manifestarnos hacia la vida.

Pero ese “Enamorar”, que nos pone la vida de cabeza, que nos hace fluir desde nuestro interior algo más que buenos momentos, ese algo que nadie más puede interpretar y que en definitiva se convierte en el significado que le damos a la palabra amor, y que empieza  a vivir dentro de nuestro ser, que se lleva en el alma y va siendo como un fluido más que nos hace sentirnos vivos; ese aparece, asoma, y nos da luz de la manera menos original, y se me antoja decir muchas veces no somos los más perceptivos para darnos cuentas que lo tenemos a nuestros pies.


 Yo interpreto “Enamorar” como algo que  Cautiva, y  sin ir a pormenores, nosotros, (Héctor y yo) no, nos casamos con el enamoramiento de ser incapaces de estar separados, menos por capricho, nos cautivó la sensación de reconocer que juntos podríamos lograr algo; que un día incluso nos podríamos “Enamorar” con el corazón. 



Me veo con el entusiasmo de sentirme reflejada, o ver en los hijos reflejado a mi esposo, puedo entonces decir que me he podido “Enamorar”. Los hijos nos enseñan, como fuimos, como somos, que hubiéramos podido ser, y no por que los eduquemos a nuestra semejanza, es por eso que ellos llevan innato, desde su procreación, desde su estado de gestación, lo que tomaron de nuestros genes. De ese algo que un día resulta convirtiéndose en la misma actitud, la misma mueca, la misma idea preconcebida, los mismo ideales-no implantados-, pero que emanan como si lo hubieran sido. Juan Felipe el mayor, me recuerda las miradas furtivas “cautivadoras”, una sonrisa a tiempo, un piropo mal dicho, una palabra cariñosa en un buen momento, pareciendo frio y despreocupado es leal, si se entrega lo hace en su todo, solo importa lo importante, parece su consigna; no trasciende mucho en emociones, pero es supremamente sensible; aun con sus respuestas tajantes y un poco voluntariosas es un compañero excepcional;
Daniel Santiago el menor, es más calculador, le gusta planear, es comprometido, su alegría y sentido bonachón es lo más antagónico con su padre, es firme en sus convicciones, el sentido del cuidado por el dinero le augura un bienestar futuro; no soporta el tiempo desocupado, sabe perder el tiempo, muchas veces quiere ser muy cariñoso y luego puede ser muy lejano, poco comparte de su sentir interno, es cerrado en este aspecto, hay que descubrirlo con cuidado sin que pueda sentir que se han entrometido en su intimidad, pero su cariño parece un abrigo, es cuidadoso en su vestir le da importancia a ese verse bien, como parte de su personalidad. 

Y entonces, que paso??, entonces es cuando reconozco que ese “Enamorar” a significado mucho más de lo que siquiera un día pensé, ni formo parte del explícito “si”, nos casamos, creo que entonces no tenía la conciencia de con quien me encontraría, y menos como sería el curso de las cosas, yo soy como Juan Felipe, vivo el momento, tomo lo que va llegando y le doy la importancia que corresponde, claro soy supremamente detallista, y cuidadosa en lo que entrego como Daniel Santiago, si voy a dar algo, cuido de llegar con lo justo, pero no puedo tener el control de mis sentimientos como él, ni el plan para todo. 

Y vuelvo a caer, que por lo menos nuestros hijos son un reflejo de lo que nos enamoró del otro, y que seguramente esto que he aprendido de ellos, es lo que nos está otorgando un reconocimiento nuevo para estos años que llegan dulcemente donde el hacer sus mundo nos permite a la sazón compartir nuevos momentos e ir preparándonos para esos días en que los hijos se alejan, nos dejan su huella marcada en cada rincón de la casa, y nos atrae la esperanza de verlos muy pronto, pero con la certeza de que tenemos un fuerte lazo que nos ha unido, que construimos un todo, y sin temor a equivocarme, hoy día realmente estamos enamorados, nos enamoran muchas cosas, nos cautivan los días futuros, cuando podamos recordar lo que fuimos y lo que llegamos a ser, como las actitudes de nuestros hijos hoy no lo pintan.

No fui enamoradiza, en sentido de parejas, si de muchas cosas, como la lectura, la música, el hogar, la familia, compartir, divertirse, los amigos, deportes, conversar, reírse, soñar, ilusionar mejores días, añorar momentos, y mucho más; pero al fin “Enamorar”, todos los días hacemos algo para ese u otros seres que nos mantienen unidos a la vida, y siento entonces que la palabra cobra su significado en la trascendencia física con los hijos, que si bien digo hoy, no son fruto del amor, son fruto de la cautivadora idea de sentirse amado y poder brindar amor. Así que sin más, me parece que cada vez que se pueda pensar en “Enamorar”, es mejor pensarlo en el gusto de dar, de ofrecer, de la entrega. Algún día se verá en el espejo el reflejo propio. El mío, ahora quedo descrito.


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Soy Luisa Adriana, Colombianísima, amante de la vida, las letras, la música, profundamente entregada a vivir tranquila en armonía, con mis adorados hombres. Anhelo en este espacio con tan grata idea poder compartir ideas que te quedan rondando en la cabeza.

sábado, 18 de octubre de 2014

Enamorarse como en las películas...

La verdad es que yo tengo una visión demasiado cínica del amor y no quería verter aquí mi excepticismo ni mis personalísimas ideas, pero... no quería faltar a una consigna siendo tan joven el proyecto.  Por ese motivo decidí traerles una historia de amor...digamos "platónico", aunque es bien sabido que el que desarrolló el concepto de amor platónico moderno como "aquel imposible de alcanzar", claramente no había interpretado nada de lo que Platón dijo en El Banquete acerca del amor...


Mis padres eran cinéfilos así que no es de extrañar que mis amores más tempranos hayan sido los actores de la gran pantalla...


Ricardo Passano fue un gran actor del cine argentino. Nació cuando el siglo XX era aún muy joven y trabajó en la industria cinematográfica desde los 15 años. Era el galán preferido de esas comedias blancas de los años 40. A los diez o doce años ya había visto todas sus películas.  En repeticiones de la tele o en vhs que mi padre coleccionaba.  Me parecía el hombre más hermoso y romántico que hubiera pisado la tierra. Bueno, me lo sigue pareciendo.  Toda mi vida seguí sus entrevistas y cuando yo tenía 27 años averigüé que él daba clases de teatro en un salón que le prestaba la Iglesia de San José de Flores.  Y allá fui, con mi cara más dura a tomar clases de teatro con la única finalidad de conocerlo en persona.  El tenía ya 76 años pero seguía siendo un señor magnífico con esa voz y esa prestancia, que me dejaban muda.  Fue siempre muy lindo conmigo, me tuvo mucha paciencia y jamás se atrevió a decirme que yo carecía por completo de talento. Después de unos meses, cumplido mi sueño, dejé de asistir a las clases.


Años después lo escuché en una entrevista en la tele decir que él sentía que a los viejos actores la gente los olvidaba...me puso triste y después de varios días indagando conseguí la dirección de su casa y le escribí una carta larga.  Le conté que a los 9 años estaba enamorada de "Miguel Cané", su personaje en la película Juvenilia...y también los celos que me daban cuando hacía pareja con Lolita Torres...envié la carta y luego seguí con mis cosas.  Un par de meses después, el cartero me trajo su respuesta: la carta más valiosa que recibí en mi vida....un Ricardo feliz, que me agradecía lo mucho que se había reído leyendo mis historias, que me contaba sus proyectos y me invitaba a ir a verlo.  Inclusive me enviaba su número telefónico. Y me enviaba una foto, detrás de la cual con su prolija caligrafía, típica de quienes han aprendido a escribir con pluma y tintero, escribió: "A mi joven amiga Cecilia con cariño, Ricardo".




No soy apegada a las cosas, pero esa carta es uno de mis mayores tesoros.  Nunca lo llamé.  No volví a ir a visitarlo y tampoco nos volvimos a escribir.  Pocos años después la tele me contaba que Ricardo Passano había muerto. Tenía 90 años.


Les dejo como ilustración de la historia tres fotos, nadie reclamará derechos sobre ellas.  Son mías y las he escaneado para mostrárselas a ustedes.  Una es una foto del Ricardo joven que me enamoraba en mi infancia. Las otras dos son la carta que me envió y la foto que recibí junto a ella.  Me alegra hoy poder rendirle un pequeño homenaje recordándolo. 

El origen del amor

Para esta semana la palabra me ha generado un sinsabor indescriptible, siendo sincero nunca me he enamorado, no sé si lo haga y espero no hacerlo, por lo que la historia que les voy a contar trata sobre cómo me robaron el corazón de una manera distinta pero que al final podría tratarse de algo parecido, ya ven estoy como cierta candidata a un reinado de Colombia  “de la misma forma y en sentido contrario”.


Cuando tenía como seis años teníamos en casa un perro, Cocuy, en realidad era la mascota de mi hermano, pero era una mascota fiel que siempre nos protegía así que todos en la familia lo cuidábamos, para ser sincero yo no lo cuidaba, nunca me han gustado los perros, no recuerdo desde cuando estuvo con nosotros pero si recuerdo hasta cuándo.

Era un perro negro con manchas blancas y mucho pelo, no era de una de esas razas caras (uno de esos discursos de pureza que tanto daño nos ha hecho en la historia de los humanos y que ahora llevamos al mundo de los caninos) y lo más extraño es que cuando lo recuerdo en realidad  no soy capaz de recordar cómo era, es como un manchón que poco a poco va desapareciendo. Ahora cuando pienso en este perrito, veo el rostro de mi hermano.

No recuerdo mucho de ese perrito, justamente por lo que he mencionado anteriormente, intenté buscar fotos y tampoco hay, ni una sola, el último recuerdo que poseo y que parece una película antigua, con cortos que no se entrelazan, es que iba para el colegio y lo vi sangrando, tuvo una pelea con otro perro que lo mordió en una vena del cuello, no había una veterinaria cerca, fue muy triste.

No sé porque describo lo anterior tal vez debía contarlo, pero la verdadera historia comienza este año, a principios de enero nos regalaron, adoptamos una perrita, que hasta el día de hoy no tiene nombre, creo que no hay necesidad, ella entiende.  Es una bola de pelo gigante, sus pasos eran pequeños y sus saltos gigantescos, cada vez que me veía me mordía la parte inferior del pantalón, me hacía mucha gracia porque me recordaba a un perro que mordía la cola de la pantera rosa y no la soltaba. Al principio le tenía miedo, me horrorizaba, le tengo  o tenía una fobia a los perros, por lo que verla acercarse era lo peor que me podía ocurrir.
Luego dejó de morder mis pantalones y empezó a morder mis zapatos de levantarme, me los quitaba y salía corriendo, creo que la divierte hacer eso, aunque también ama las medías y cualquier objeto pequeño con el que pueda correr.

Me daba mucha lastima, una vez estuvo muy enferma, vomitaba y no comía, ni siquiera me mordía el pantalón, y lo tengo que admitir, fue muy triste, fue la primera vez que la acaricié, y ella estaba ahí quieta, sin ladrar, sin moverse.  Pero se recuperó, volvió a saltar, mucho más alto que antes, mordía con más fuerza.

Un día la vi sangrar y me preocupé, busqué en internet y me di cuenta que era normal, que solía pasar, era normal en su ciclo de maduración, nunca antes había entendido por que había quienes querían a sus mascotas como hijos, es que suele crearse un vínculo muy fuerte, donde no se necesitan palabras.
Ahora suelo jugar más con ella, acariciarla cuando hace sol, ella ama eso, se da la vuelta, con las  paticas hacía arriba y yo la consiento y ella cierra los ojos, con una de sus patas me rasca la mano y a veces salgo corriendo y ella corre tras de mí.


Aunque lo cierto es que esa perrita no es mi mascota…

Simulacros de Cupido.

Como en otras innumerables ocasiones que van por el linde del tradicionalismo en las que el acto de enamorar tiene como hito de su esplendor el templo sagrado o Iglesia, aquí en mi historia también he de darle un lugar preponderante al mismo. Aunque no fue allí donde se unieran definitivamente los lazos que normalmente se van generando a medida que pasa el tiempo, sí, por lo menos, fue allí donde comenzó esta historia, una historia de amor con un final algo… inesperado.

Estaba en esa época de la cercana niñez (recuerdos que resurgen como si hubieran sido creados ayer) en los que el estrés y preocupaciones eran producidos sólo por un plato roto, una llegada a casa tardía, un mandado mal hecho, una inadecuada respuesta ante una orden emitida y demás asuntos que ante los ojos de un niño suelen ser obstáculos que lo abarcan todo en su vida inmediata. Acostumbraba entonces a dedicar mi vida cuando no tenía que ir al colegio a realizar toda clase de actividades que se me pasaran por la mente: Carreras en bicicletas sin frenos a toda velocidad por las transitadas calles del pueblo sin prestar atención de los peligros inminentes, canicas, trompos, el congelado, corralejas, simulación de títeres, lucha libre, competiciones de todo tipo y muchas cosas más. Todas las ideas de juegos eran llevadas a la práctica con la ayuda de mis compañeros de cuadra de entonces, éramos 4 los más grandes y el resto variaba en edad sumando entre todos aproximadamente unos 14 niños.

Como una de esas plagas que mencionan en la Biblia nos tomábamos la Iglesia para disgusto del monaguillo del padre que nunca lograba expulsarnos de la enorme plazoleta que abarcaba todo el frente de la Iglesia; ya fuera porque nuestras bicicletas accidentalmente atropellaban a uno que otro fiel, porque nuestros gritos competían con la irrisoria potencia de la bocina del padre dificultando así la ceremonia, porque nuestras atrevidas apuestas afectaban el pudor de los viandantes, etc… por muchas razones era por las cuales dicho ayudante del padre nos odiaba profundamente y también contrariamente a todos los preceptos y bienaventuranzas que auguraba el repicar de las campanas que él mismo acostumbraba tocar.  Pero no le culpo.

Todo esto lo menciono para que se hagan una leve idea de cuán unidos podíamos estar todos los niños participantes de tales eventos casi que diarios, la costumbre enhebraba cada vez más lazos de confianza que perdurarían por mucho tiempo. Solíamos ser bastante abiertos en nuestro grupo, permitíamos que niños de otras calles e incluso otros barrios se recrearan en el espacio de nuestra Iglesia, por tanto era normal que algún extraño cualquier día se nos uniera y departiera con  nosotros sin diferenciación alguna. Lo que no fue normal y que nadie pudo dejar pasar de largo fue el día que “La Bebé”, una preciosa niña, hija menor de los típicos vecinos de calle que se creen millonarios sin serlo, de padre bulloso, madre farandulera y hermanos creídos, se acercó a nuestro espacio atraída por la algarabía en medio de su aura de doncellita superior y se plantó en un punto lo suficientemente alejado como para evitar el contacto directo a observar lo que hacíamos y dejarse vencer luego por la risa que se le hacía cada vez más difícil de contener. Al notar su buena disposición y su semblante afable le hice saber a mis compañeros que me acercaría para invitarla a unirse a nosotros y que disfrutara sanamente, aunque cuando me di cuenta ya iba compitiendo con tres de ellos por quién llegara primero y le diera la bienvenida. Su negativa e inminente marcha nos apagó las ganas de jugar y nos dejó a algunos con el espíritu inquieto por su efímera presencia.

Ese período fue marcado por las constantes apariciones de la Bebé en nuestros juegos. Al principio accedió a acercarse más, luego aceptó ser involucrada en uno que otro pasatiempo y finalmente terminó siendo de las más constantes en los encuentros, se la veía realmente feliz, adquirió el mismo brillo de nuestros semblantes, encontró un sitio en el cual podía sentirse bien y con otros niños agradables. Me sorprendía lo humilde que era a diferencia de sus hermanos mayores que no perdían ocasión de espetarle las libertades que se tomaba con nosotros o de su madre que cada vez que la pretendía encerrar le dedicaba unas cuantas palabras secas mientras jugaba su propio juego, el de la indiferencia para con nosotros.

Decir que con el tiempo me llegó a gustar sería mentirles, a pesar de su innegable belleza no generaba en mí más que bienestar en el acompañamiento y complicidad en el departir; ella comenzó a sentir quizá más afinidad conmigo que con los demás y nos volvimos desde entonces amigos asiduos. Cada que la veía acercarse procuraba que todos los del lugar le tuvieran muy en cuenta y la trataran lo mejor posible, supongo que fue de las primeras personas que llegué a apreciar verdaderamente. Los demás notaron tanto mi esmero por hacerla sentir bien como su intención de mantenerse siempre a mi lado que comenzaron a conjeturar cosas:

-Alex, yo creo que la Bebé está demasiado enamorada de ti- Me dijo uno de mis compañeros más cercanos. No sé si notó la palidez que de seguro se apoderó de mi rostro, pero intenté hacer como si esa aseveración no me hubiera afectado en absoluto y fuera lo menos importante en mi vida.

-Nah, ¿En serio crees eso?- Sentía ahora el rubor en mi rostro, esas evidencias corporales son inevitables.

-Sí, estoy completamente seguro, deberías darte cuenta de cómo se te queda viendo cada vez que haces cualquier cosa, como se ríe más con tus chistes que con los de cualquiera de nosotros o como se pone de buen humor cada que están cerca-. Le hice saber que creía que estaba malinterpretando las cosas, y me fui a integrarme con los demás para evitar seguir con esa conversación.

Fue imposible no esforzarme desde entonces, cada que estaba junto a mí, por notar algún atisbo en ella de todo eso que me había dicho el otro niño. No estaba seguro de ver lo evidente que al parecer él encontraba en la situación, pero mi seguridad y hasta mi ego comenzaron a convencerme de que tal vez yo poseía los atributos resaltables como para conquistar a una chica de ese estilo que hasta entonces me había parecido inalcanzable. Quizá comencé a realizarle insinuaciones tímidas más por comprobar mis dotes de pequeño galán que porque estuviera realmente interesado en ella de esa nueva forma. Mientras mis intenciones de cortejo eran ambiguas debido a la prudencia sus respuestas inmediatas eran demasiado vagas y daban un sinnúmero de posibilidades de interpretaciones debido a su naturalidad de ser.

Mi amigo y los demás por boca del primero supieron del nuevo ambiente que se estaba generando en nuestro grupo y no me sorprendí por eso el día que los vi venir a todos, se les notaba tal picardía en el sonreír y tal malicia en la mirada que anticipé mentalmente sus motivos.

-Tenemos un buen plan contigo, para que todo sea más fácil- Me dijo uno de ellos sin titubear con plena determinación y entusiasmo.

-¿Plan para qué?- Les pregunté riendo y haciéndome el desentendido.

-¡Para que la conquistes! Obvio- Respondió uno desde atrás.

-Mira, a las niñas como ella les encantan las cartas con letra bonita y entre todos haríamos una muy buena, muchas cabezas piensan más que una así que deberías animarte y aprovechar el momento-. Me soltó de golpe mi amigo.- Te dirá que sí enseguida, yo lo sé, lo sabemos todos. Además, harían una muy bonita pareja.

La idea la acepté desde el primer momento en que la propusieron, los nervios fueron mitigados por el apoyo general y la seguridad reforzada por la creencia común. Fueron más o menos 10 líneas escritas de las cuales dos eran mias y el resto de los demás que se turnaban para que quedara constancia que habían intervenido en ese suceso sin precedentes en la historia de nuestro grupo. Sin embargo, estuve pendiente todo el tiempo que no fueran a escribir cualquier tontera que se les pasara por la cabeza y mínimo les hice borrar 4 líneas que sabía traerían consigo un rotundo No como respuesta.

Apenas estuvo lista la misiva firmada al final por mi con mucho cariño y esperanza la premura de la entrega no se hizo esperar, sería mi amigo quien la llevaría. Cada quien se fue a su casa y quedamos en que él cuidadosamente se encargaría de hablar con ella en privado sin que su familia se enterara y le haría saber mis aspiraciones amorosas para luego entregarle el papelito doblado. Corrí a mi casa con el corazón palpitándome a mil, los nervios antes relegados se presentaron sin control alguno y busqué a quien siempre acudía cuando sentía que una situación excedía mis capacidades de resistencia, a mi mamá.

La vi tendiendo una ropa en el patio y me acerqué a ella pero ni siquiera tuve que pensar cómo le daría la noticia pues ella parecía siempre presentirlo todo:

-¿Qué pasó?- Me preguntó extrañada, mientras sostenía en su brazo derecho algunas camisetas húmedas.

-Lo que pasa es que… le escribí una carta de amor a la Bebé y tengo miedo de que no le guste-. Un relámpago de incomodidad le tensó el rostro a mamá por un instante y reanudando su labor de tender me miró de soslayo el tiempo suficiente para hacerme notar que había cometido un enorme error.

-¿Sabes lo que va a decir ahora la vieja Lucy a todo el mundo donde esa niña te rechace? ¡Quién la aguantará contándole a todos los de la calle que su hija se dio el lujo de despreciar una carta que le envió uno de mis hijos! ¿Por qué se te ha ocurrido tal cosa? ¿En serio te gusta?-. Me preguntó luego de su inicial arranque de molestia.

-Pues… yo creo que no, no. O sea, la carta no la escribí solo, fueron los otros muchachos también, me convencieron y… estoy arrepentido ahora, no me siento bien.

-Bueno, “ahora te jodes”-. Me dijo, completamente serena y en un tono de conmiseración, era su trillada expresión para cuando llegaban las consecuencias de un acto irresponsable o inoportuno.- Quién te manda a estarle haciendo caso a otros-. Pero como yo no paraba de dar vueltas en el patio mientras me veía inquieto los pies sucios, ella dejó las cosas que sostenía en una silla y me hizo sentar en un murito que había entonces al lado de la puerta que daba a la cocina.

-¿Qué te preocupa? No es seguro que te diga que no, pero si lo hace eso no tendría por qué afectarte en nada. Si tú sabes que no escribiste conscientemente esa carta no te preocupes entonces por el resultado en caso de que sea negativo, tal vez fue un impulso del momento, pero es todo. Esas cosas pasan y bueno… ya está hecho.

Como siempre que le contaba las cosas a Mamá sentí que la carga disminuía, sin embargo, me seguí sintiendo extraño pues sabía que lo que había hecho en principio como una prueba en territorio infantil tendría resultados que se extenderían incluso al territorio adulto de la presunción, al afinamiento de líneas invisibles y diferenciales entre una familia y otra, y lo que no me gustaba para nada es que fuera la mía la que alimentara un poco más la jactancia de otra.

Quise entonces dejar de lado la duda mortificante y salí al corredor a atender a mi compañero que había venido ya 5 veces para contarme algo secreto según la versión de mi hermanito. Cada una de sus palabras pronunciadas sin cuidado alguno me comprimían el pecho poco a poco. Mi carta, mis letras, no habían llegado a manos de la Bebé, uno de sus hermanos la interceptó y se la llevó a sus padres los cuales luego de meditar el asunto un buen rato en presencia de mi compañero enviaron unas dulces palabras en las cuales me daban las gracias por tan buenas intenciones, que era muy considerado pero que ella estaba muy chiquita para tener novio. Con mi orgullo herido despedí a mi compañero escuetamente y no salí de mi casa por una semana temiendo encontrarme a alguno de los otros niños con una risa burlona en el rostro apenas me vieran.


Dejé de asistir a las salidas grupales como era habitual, según rumores la Bebé también se ausentó repentinamente de las mismas. Mis compañeros fueron encontrándose ya esporádicamente tal vez porque la unión general fue fragmentada por el desprendimiento de uno de sus integrantes y no precisamente porque fuera yo, sé que si hubiera sido cualquier otro habría sucedido lo mismo. Cada vez fui reduciendo más y más mi vida al campo estudiantil y finalmente un día por rumores usuales me enteré de que 8 meses luego de mi inolvidable rechazo la Bebé había conseguido novio. Desde entonces ya no me lanzo a ciegas y con tanta seguridad al momento de pretender a alguien.

Primera foto: dos hermanos, la niña pequeña es prima y la grande hermana mayor. Segunda foto: De Google Imágenes. 

viernes, 17 de octubre de 2014

Enamorada a primera vista

Esta palabra me pareció tan fácil para contar una historia y ahora que quiero hacerlo y buscándo una me he dado cuenta que siempre he estado enamorada, principalmente enamorada de la vida, de la naturaleza, de la música, de las flores, de mi familia, porque la vida es bella y cada una de estas cosas, nos producen una gran felicidad y cuando nos sentimos atraídos por algo o alguien sin pensar nos  enamoramos, aunque esto no es precisamente amor, amor es algo mas sublime, pero la palabra no empieza por E, por lo tanto para que hablar de eso.

Leyendo las distintas estrategias aplicadas por los enamorados, me doy cuenta como cambia todo al pasar los años.

En mis tiempos el enamoramiento pasaba por momentos muy difíciles, nada de miradas, de sonrizas, de agarraditas de manos y menos a la luz de la luna, pues a pesar de ser algo tan natural, para nosotros eran momentos de angustia, era algo que no estaba permitido y por lo tanto debíamos ocultar.

En la edad escolar, el Joven debía esperar a su enamorada a la salida de la Escuela, su primer contacto era un papelito escrito donde le preguntaba si quería ser su novia, papelito que entregaba a través de un cuaderno, ya que no podía haber ningún contacto físico so pena de perder la virginidad, ya que esa era la primera advertencia de nuestra madre, que cumplíamos a pie de letra llevadas por el temor,  esas notas se cruzaban cuatro veces al día, a la entrada y salida de la escuela, el problema era, como conservarlas sin que nos descubrieran, ya que durante ese periodo de enamoramiento que siempre duraba máximo un mes, dos notas diarias eran muchas para esconder, recuerdo que mi escondite era sobre el tanque del escusado, que en ese tiempo estaba arriba y se abría con una cadena.

Luego en Bachillerato ya con cierta experiencia, eran encuentros personales, siempre a escondidas que no pasaban de entrelazar manos y uno que otro beso robado en la mejilla.

Lo peor venía durante la época anterior al matrimonio, las visitas controladas y vigiladas por la Chaperona, una o dos horas antes de las 8 de la noche, si este periodo se hacia muy largo, uno de los dos se desanimaba y llegaban al matrimonio sin amor o se separaban los mas atrevidos, ya que separarse era razón para quedarse solterona, la joven por supuesto quedaba señalada, ya que  para el Caballero era una estrella más.

Pero como esta historia puede ser aburrida para Ustedes, mejor paso a contar mi historia, o sea mi enamoramiento a primera vista.

Tenía solo 15 años cuando llegamos a esta Ciudad, en ese tiempo no existía el puente que une la costa Oriental con la ciudad de Maracaibo, el traslado se hacía por ferri, que hacía su travesía de la pequeña ciudad de Palmarejo a Maracaibo.
Ya  me habían explicado como era la ciudad, como se llegaba a ella, y como era el Lago que mas que Lago podía ser un mar,  todas estas referencias me traían ansiosa por llegar a ese Lago, ya que lugares de agua, solo conocía el río que pasaba por mi ciudad, así es que venía desesperada por ver el tan nombrado Lago, en el primer momento aturdida por los carros que entraban al ferri, el ruido de la gente, de los motores, no me había dado cuenta que ante mi tenía ese Lago que con tantas ganas quería conocer,  mi admiración fue tan grande que desde ese momento quedé enamorada de él, fue una enamoramiento a primera vista que ha permanecido durante toda mi vida.

Cuando compramos nuestra primera casa le dije a mi esposo, quiero vivir en una casa que tenga vista al Lago, fue imposible hacerlo, pues los precios en esa zona eran prohibidos para nuestro pequeño presupuesto, pero nunca perdí las esperanzas, soñaba con ver el reflejo de la luna sobre el lago desde el balcón de mi casa, ver pasar los barquitos, las lanchas y esos barcos grandes  transportando petróleo, hoy vivo frente a ese Lago del que siempre he estado enamorada y del que me enamoré a primera vista, algunas veces veo el amanecer reflejado en él, pero casi todas las tardes cuando el sol se despide del Lago, con la promesa de volver, yo observo con atención esa despedida.


Crédito de imagen

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jueves, 16 de octubre de 2014

enamorarse y desenamorarse

Ni de chiste me pienso poner a filosofar sobre este sentimiento, primero, detesto la filosofía, segundo mis enamoramiento han sido catastróficos, para evitar que me pase lo que a una de las protagonistas de la afamada serie sex and the city que escribió un libro sobre como mantener la chispa y atracción sexual en el matrimonio y el de ella no duró ni un año después de que su libro se convirtiera en fenómeno de ventas.

Pues como la cosa se trata de contar una anécdota, ahí va una de las mías.

Mientras cursaba el octavo grado de secundaria y estando en el acto cívico de los viernes, nótese que poco respeto por el civismo de nuestra parte, me dediqué a coquetear con un muchachito de noveno, ¡tenía una carita tan linda!

La coquetería prosperó en conversaciones, y al cabo de unas semanas ¡vilma, la flacucha y desgarbada tenía novio! todo muy lindo, manitos agarradas, paseítos por los pasillos de la escuela, muy tiernos los tórtolos, pero, siempre hay un pero, mis papás eran en extremo controladores y el director de la escuela un gran amigo de mi papi, así que de repente este señor se nos paraba detrás cuando estábamos conversando en los pasillos y ¡mi mamá quería conocerlo!, huy yo no aguantaba tanto estrés, pero a que no adivinan que me hizo colgar los guantes, una tarde vino a mi una de sus amigas con una camisa sudada de mi "novio" en las manos para que yo se la lavara, y zas, el enamoramiento se me fue a los pies, yo tenía  uñas extralargas, no lavaba ni mi propia ropa y de repente un chico que vivía en la misma escuela al campo que yo, haciendo básicamente lo mismo que yo, estudiar en la mañana y acudir al campo en las tardes hasta de 1 a 3  pretendía que yo lavara su ropa sucia. ni lerda ni perezosa le devolví su camisa con el consabido sermón, de no eres tú, soy yo, no estoy lista para una relación tan seria y es mejor seguir siendo amigos.

Varios años después lo vi por la calle, increíble no había crecido nada, me llegaba como al pecho, y me pregunté a mi misma lo que se preguntan todas las almas curiosas e ignorantes en materia de enamoramiento, cómo pude creer que estaba enamorada de esta criatura.

miércoles, 15 de octubre de 2014

A qué edad se empieza uno a enamorar

Cuando yo andaba alrededor de los seis años, en la misma época en que Otto hacía su papelón, teníamos unos vecinos con los cuales hicimos buenas migas, ellos eran tres hermanos y nosotros también tres y nuestras edades coincidían, así que nos hicimos compañeros de juegos.
Recuerdo una vez que pasada la Navidad, estando en la casa de ellos, nos mostraban los regalos que habían recibido, todos muy bonitos, entonces Carlitos, que era el más pequeño y de mi edad, pide que apaguen la luz porque su nave espacial despedía luces de colores y se veía mejor a oscuras. Mi sorpresa fue que cuando la nave estaba dando vueltas, él me dio un beso en la mejilla, entonces yo no ponía mucho caso a esas cosas y no le dije nada, pero recuerdo que cada vez que nos veíamos, él empezaba a cantar una canción de Armando Manzanero, "adoro, la calle en que nos vimos, la noche cuando nos conocimos, adoro, la seda de tus manos, los besos que nos damos, los adoro vida mía", jajajaja, era muy divertido pero yo entonces no pensaba en amores.


Mi anécdota más vergonzosa vino muchos años después, seis para ser exactos, entonces con 12 años yo ya me fijaba en los chicos, mi mejor amiga y yo, solíamos ir al cine a la matiné de las 3 porque todavía salíamos a la luz del día, era la hora en que todos los chicos nos íbamos a ver los estrenos del momento.  En la ciudad sólo había dos salas de cine en ese entonces, una para películas en español, y otra en inglés, que era a donde íbamos todos.
En ese entonces había un chico pelirrojo y pecoso que coincidentemente también se llamaba Carlos, y me gustaba mucho, y a mi amiga le gustaba un vecino de él, al que le decían Pancho, pues cada vez en la matiné los veíamos a los lejos y suspirábamos por ellos.
Una vez se nos ocurrió enviarles una carta, diciéndoles que nos gustaría que se sentaran con nosotras en el cine, les escribimos el número de la fila en la que estaríamos sentadas y el color de la ropa que llevaríamos, previamente habíamos pasado enfrente de sus casas para tomar nota de la dirección, así que muy seguras, tomamos un sello de los de la colección de su mamá (que no recuerdo de qué país era) y lo llevamos al buzón ubicado en una esquina y nos sentamos ese domingo en el cine con la esperanza de verlos llegar.
Nuestro desencanto no tardó en darse, ambos llegaron pero se sentaron con sus amigos, ni nos voltearon a ver, ambas quedamos muy desconcertadas.
En los siguientes días, nuestras madres, que eran muy amigas, estaban platicando cuando nos vieron llegar, nos dijeron que querían hablarnos y allá te vamos, el cartero había regresado la carta porque el sello no correspondía, y como fuimos tan listas de ponerle remitente, ahí tenían la carta en sus manos, yo quería que la tierra me tragara, pero no me tragó, nos pidieron que fuéramos más juiciosas, que las niñas no hacían esas cosas y que nos deberíamos valorar más, etc., etc., etc., bueno, pasamos el mal rato y ya, qué podíamos hacer.
El problema fue que ellas comentaron con las madres de Carlos y Pancho, seguramente las cuatro se rieron mucho de nuestro atrevimiento, cuando nosotras lo supimos, dejamos de ir al cine de las películas en inglés y nos íbamos al otro, con tal de no ver a los chicos.  Hasta la fecha mi mamá todavía me molesta y se ríe, y yo me enojo,


martes, 14 de octubre de 2014

Uno de mis amores

Enamorar....palabra difícil. Me quedo pensando en qué escribir...hay tantas cosas: una verde mirada que te traspasa, unas letras al otro lado del chat, unos ojos tristes que le dicen a tu alma más que mil palabras, una canción cantada al aire del Malecón Habanero, un viaje complicado e interminable con final feliz. Cada una una historia merecedora de varias cuartillas. Sumémosle mi hijo que recibe otro tipo de amor, único e inconmesurable...o mi abuelo...mi abuelo de cuentos de hadas. Lo tengo complicado y por eso decidí pensar en las cosas que amo HACER...y eureka!!!! Saltó la historia.

En el año 1997 terminaba mis estudios en el Preuniversitario y la carrera que pude coger fue la de Licenciatura en Pedagogía en la especialidad de Español y Literatura. La carrera no me gustaba para nada. En mis planes no entraba dar clases y soportar a niños malcriados. La especialidad de Literatura sí porque siempre he amado leer y en ocasiones escribir. Ante la duda de si aceptar o no mi padrastro (hombre sabio) me dijo: Mi consejo es que pruebes durante un año, tienes la opción de sacar buenas notas y hacer un cambio de carrera. Si no, pues ya veremos. Pero ahora mismo si eliges no estudiar tendremos que pensar en qué trabajarás porque aquí, en casa, sin hacer nada no te quedas". Buen consejo. El primero de septiembre del año 1997 ponía por primera vez los pies en la Facultad de Humanidades de la Universidad Pedagógica "Enrique José Varona".

Al principio estaba reacia a todo. Los turnos dobles de 90 minutos me agobiaban, la distancia a la que estaba la Universidad de mi casa era de extremo a extremo de la ciudad y el transporte no es una de las bendiciones de la capital habanera. Por suerte me tocó un claustro de profesores exquisitos, verdaderos genios en sus especialidades por lo que me apliqué a estudiar y hacer el cambio de carrera planificado. A estas alturas no sé que me hizo demorar la decisión y al final del curso, con excelentes notas, exámenes de premio que me avalaban para cualquier otra opción en letras aún seguía allí.

Así llegó mi tercer año. Como hasta el momento no hacíamos prácticas docentes pues era todo la especialidad y eso sí me gustaba. Además dábamos Filosofía e Historia del Arte y me sentía como un pez en el agua. Y así estaba hasta que la carencia de profesores obligó a los estudiantes de tercero a repartir su tiempo en dos: dos días a la semana recibiríamos clases y tres las impartiríamos en una escuela secundaria.

Y allí estaba yo, de profesora en la secundaria donde había estudiado y de colega de mis antiguos profesores. Surrealista al máximo!!!. Me dieron el mejor grupo de 8vo grado, el grado intermedio en la secundaria y el más difícil. Que fueran los mejores estudiantes tenía sus pros y sus contras. La disciplina estaría garantizada pero también la curiosidad extrema y ese querer probar fuerzas con el maestro. Recuerdo que entré al aula muy nerviosa. Cuando aquello contaba yo con 19 años y mis alumnos 13, era pequeña, pesaba 120 libras y estaba pasando por mi etapa hippie de pelo largo y faldas al tobillo. La cara con la que me miraron mis futuros alumnos fue de campeonato: incredulidad, asombro y burla. Hasta que abrí la boca y empecé a hablar. Ahí se quitaron mis miedos y sus miradas incrédulas y en ese momento...en ese instante en que vi la atención en sus ojos, pendientes de cada palabra que decía sentí el flechazo de la vocación y decidí que era eso lo que quería para mi futuro: enseñar. En ese segundo revelador me enamoré perdidamente de mi profesión.

crédito de imagen juventudrebelde.cu

De esos alumnos guardo los más preciados recuerdos por ser los primeros. Hasta a escuelas al campo voluntaria me fui con ellos. Muchos están en mi facebook, otros fueron mis colegas más adelante. Fueron ellos los responsables de que despegara mi amor por la enseñanza.

Después de esos vinieron más estudiantes y por supuesto anécdotas. Una de ellas más bien simpática. En 5to año,  como alumna ayudante, fui escogida para impartirle clases a estudiantes del 4to año de mi carrera. Uno de esos grupos era de ocho mujeres, bibliotecarias, de entre 45 y 55 años de edad. Se pueden imaginar cuando me vieron entrar a la clase por primera vez...con solo 21 añitos. Me miraron, algunas con la boca abierta y una de ellas me preguntó: Y tú eres la maestra? Respiré profundo y contesté: No...la pregunta correcta es: Ud es la maestra? Y sí, lo soy...y empezamos la clase.

A los años de eso cuando me encontraba con alguna de ellas por la calle y me llamaban "profe" las personas alrededor miraban extrañadas porque creían que algo iba mal..que las edades no coincidían.

Esta es la síntesis de mi historia del amor por el magisterio. Puedo resumirlo fácilmente: luego de "mamá" la palabra con la que más me gusta que me llamen es "profesora".

La paciencia tiene su recompensa

Cuando leí la palabra enamorar, me quebré la cabeza en que contar. De ninguna manera iba a escribir sobre una experiencia mía y cuando leí la entrada de Elena estuve tentada a hablarles de mi amor por la docencia pero entonces cuando recordé una historia de amor romántico, de la vida real.

No me pasó a mí, le pasó a una amiga muy querida, pero me parece tan bella que espero me disculpen por contar algo que no me sucedió a mí.

Érase una vez, una joven que se sintió inclinada a la vida religiosa, por tanto se hizo novicia en una congregación religiosa.

Era la mayor de varios hermanos, creo que 5 pero para su desgracia, al poco tiempo, su mamita falleció.

Y resulta que al muy poco tiempo su papá se casó. Los hermanos tan pequeños no toleraron que una mujer ocupara el lugar de su mamá y debemos confesar que le hicieron muchas travesuras. Pero también debemos decir que la señora no hizo mucho esfuerzo por querer a los hijos del señor. Así que el señor, con toda la tranquilidad del mundo, les dijo a sus hijos que si no querían a su esposa, que ni modo y se fue a vivir a otra parte (a otra ciudad de hecho)

La desesperación llegó a esta joven, si ella no hacía algo, los niños serían mandados a un orfanatorio. Así que habló con su confesor el cual le dijo que entendía el amor por Cristo que tenía, pero que la familia era primero, que su obligación era cuidar a sus hermanitos, y la joven regresó a casa para cumplir una obligación que no quería pero que la vida se la daba, ser la mamá de sus hermanos. (los cuales por cierto llegaron a querer mucho a su hermana y la tratan actualmente de maravilla, han sido muy agradecidos)

Érase una vez un joven que trabajaba de chofer en el hospital donde esa joven novicia hacía su labor. Cada vez que el veía esos cabellitos claros y ojos azules, suspiraba. Le fascinaba tener la oportunidad de verla cuando las llevaba en el coche. Pero nunca dijo nada, hasta que…

Hasta que se enteró que dejó el noviciado para ir a cuidar a sus hermanos. Y ni tardo ni presuroso, ahí estaba a la puerta de su casa, ofreciendo todo su amor y todo el apoyo que ella necesitara.

La joven le dijo que no pensaba casarse, que su prioridad eran sus hermanos, que no podía ofrecerle nada ni prometerle nada.
Pero él no se rindió, le dijo que la esperaría todo el tiempo del mundo, que contaría con su amor y con su apoyo, a cambio de nada.

Y así lo hizo, le daba dinero para apoyar con los gastos, sacaban a pasear a los chicos solos, etc. etc. Y así pasaron 10 años!! ¿o fueron 5? No recuerdo bien, pero fueron muchos!

Y cuando los chicos estuvieron listos para salir adelante, la joven quiso regresar al convento!!!! Para seguir el camino que ella había deseado y que fue truncado.

 Y el confesor la retachó, le dijo no seas ingrata mujer, has tenido a ese pobre hombre esperándote y le sales con eso.

Y se retachó al hogar, esta vez para casarse con el joven enamorado, porque lo que sea de cada quien, el joven había ganado el corazón de la chica.

Tanto que llevan muchísimos años de casados y ahora son un par de viejitos hermosos que cuando los veo juntos, veo como se miran y se cuidan, no puedo evitar alegrarme y darme cuenta que el amor es la fuerza más poderosa que existe y el mejor regalo que nos pudo dar Dios.

Enamorarse sin esfuerzo

Colaboración de Releante

Hola a todos. Da igual que seas alto o bajo, guapo o feo, gordo o flaco, calvo o melenudo, listo tonto blanco negro amarillo o azul cual pitufo, da igual todo esto, enamorarse es para todos. No requiere ningún esfuerzo. Ahí estás tú, sentado en el autobús, ruta al trabajo, con la frente incrustada en el cristal, lloviendo a cántaros y vas medio dormido, pensando en lo insulso de tu vida, ya casi te cae la babilla por la comisura y el frontal de tu cabeza comienza a tornarse rojo moratón debido a los continuos golpes contra el ventanal por el traqueteo de la carretera, que el alcalde de turno, al cual le diste tu voto, se niega a reparar hasta las próximas elecciones. Todo pinta mal, pero hay una nueva parada, y sube ella (o él). Según puso el primer pie en el autocar todo parece iluminarse, ya no llueve, ya no hay baches ni carreteras, a partir de ahora vas en una nube. El colorín de tu frente ya no se nota, pues tu cara entera se ha puesto de tal color que pareces un pimiento morrón, adornado únicamente por los dientes de tu boca, que desde el primer instante se ha abierto a voluntad propia y que no eres capaz de cerrarla. Te encantaría cederle tu sitio, pero el bus está vacío, te gustaría que se sentase a tu lado, pero justo hoy te arrepientes de sentarte siempre delante y en asiento único, para que nadie te moleste en tus sobadas matutinas de autocar. Pasa a tu lado, cada vez más colorado y más tembleque, pasa de largo, se va para atrás. No te arriesgas a mirar para que no te vea, o peor aún, no miras para no ver que no te mira y que desgraciadamente ni se ha fijado en el tipo que estaba sentado a la nuca del conductor. Deseas que en cada parada no baje, por lo menos hasta  la tuya, en ese momento, saltarás del asiento, andarás con paso firme hasta la salida, la mirarás a los ojos, la sonreirás, y ya está, en pocos días, será tu amiga, luego, en semanas, tu novia, en meses tu mujer y en años vuestros retoños jugarán a lo largo del pasillo de vuestro piso de sesenta metros cuadrados en el que viviréis apretadamente felices. Llegó la hora, media vuelta y...y....y... ya no está. Vista al suelo, bajas, te quedas en la acera bajo la lluvia y lo piensas.... me he ENAMORADO!!!. Y ahora qué? Estrategia, pura estrategia. 

Fácil es enamorarse, es más, no hay que hacer nada para enamorarse, lo difícil, es enamorar a alguien. Puedes tener suerte y ser un flechazo y tal y tal y comieron perdices....pero no suele pasar, así que, estrategia, pura estrategia. Lo primero, cambiar tu estado de ánimo. Volverte melancólico es fundamental, va en el cargo. Te grabas un casette o un cd. Hay que ponerle un nombre en clave, para que nadie piense que estás enamorado, porque al principio hay que ocultarlo. Un casette es más bohemio, pero la versión cd también vale. Le pones títulos que claramente indican tu sentimiento, pero con disimulo, hay muchas opciones, pero deben ser del estilo "Ella"; "La chica desconocida" "Corazón de autobús" "Viajando juntos" "La parada del amor".... Luego los temas del recopilatorio. No pueden faltar las baladas de los escorpions (fundamental), algo de Barry White, aunque no te guste, le dará clase, Luis Miguel siempre, Fred Astaire, Elvis y Whitney Houston y el When a man love a woman no deben faltar. Ahora que lo tenemos, nos preparamos, sin afeitar, en pijama, luces apagadas y persiana medio bajadas, para que entre una tenue luz y puedas mirar a la luna a la vez, lo pones a todas horas y todos los días hasta que todos tus vecinos acaben por odiarte por haberte enamorado, o haberles recordado a todos su primer amor. Te sientes incomprendido, nadie sabe lo que es estar enamorado, menos tú....ayyyyy. Por cierto, hacerse copia para el coche o para el mp3 imprescindible. Pero esto solo no basta, estrategia pura estrategia, hay que enamorarla.

Existen muchas estrategias, cada cual, mas descabellada, y que van involucionando según la edad del enamorado. Se puede optar por el tirón de coletas y trenzas, en caso de amor de parbulario, luego compartir la merienda. Se pasa por ser el más malote del barrio y el más chulo, el primero que fuma un pitillo, robarlo a tu padre, suma puntos. Ser el mejor deportista, ayuda en otras fases. También ser un gran estudiante y dejarle tus apuntes para que ella estudie..."mira, te los he pasado a limpio, todos los del curso, y un resumen a pié de página...No tenías que haberte molestado.... si no es molestia..." Puedes coquetear en el trabajo. Incoscientemente hay cambios. Dejas de comer, porque no tienes hambre o porque tu subsconciente te dice.."estás muy fondón para ella", te duchas más y te afeitas a menudo, por higiene u obligación, o porque tu subsconciente te dice..."lávate cochino, que si no le vas a gustar". Puedes hacer múltiples locuras cuando te enamoras, si no que se lo digan a mi querido Don Quijote, que se enamoró y se echó a lomos de su enjuto caballo a lidiar con dragones y malhechores, pero no se trata de que os compréis caballo, burro o asno o cualquier cuadrúpedo de monta, que va, llega con comprarse una moto.... ya no hay caballeros como los de antes. Y una vez que has hecho todo esto, te has cogido el autobús durante tres meses, bajado en cada parada, y sin volver a verla, cuando empiezas a desesperar, se para el autobús y ZAS!!!, allí aparece ella, no ella la de antes, ella otra y ya sabes lo que hay, te has vuelto a enamorar, pero esta vez, con más años, con más experiencia y con más cintas o cds en la estantería, porque eso es enamorarte, arriesgarte a no enamorarla y volver a enamorarte, hasta que encuentras, la que se enamore de tí, y esto, sí que lo digo por experiencia propia. 

Un abrazo de un enamorado y un enamorante.

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Hola, soy Releante, y además de estar súperagradecido e ilusionado por estar aquí con vosotros, estoy también asustado. Soy un sencillo hombre de una pequeña ciudad de España, La Coruña. Marido, casado y felizmente casado, soy padre de dos hijos, niña y niño. No soy ni un gran literato ni un gran lector, debido al poco tiempo que tengo, y a lo bastante perezoso que soy, me cuesta echarle la mano a buen libro, por miedo a no poder acabarlo, pero trataré de corregirme. Espero amenizaros y que os gusten mis intentos de relato y también estar a la altura de vuestros escritos. Muchas gracias por acogerme y también deseo que disfrutemos juntos. Un abrazo.

Mi blog personal: El sillón de papá

lunes, 13 de octubre de 2014

El hilo conductor

Tengo que empezar diciendo que este es un tema sobre el que nunca me ha gustado escribir, y no por falta de anécdotas en realidad. Se ha hablado tanto de amor, de enamoramientos y similares, que me provoca hasta un poco de tensión poner un grano más en este asunto, así que más que una historia para contarles, he intentado encontrar una solución que me permita sentarme a escribir esta semana manteniendo cierta integridad, digamos, de espíritu.  

Estuve a punto de someter mi voluntad para contarles la primera vez que un chico me enamoró, o lo intentó al menos. Hubiera sido un buen ejercicio pero... mñeh, a la temprana edad en que eso sucedió ambos andábamos escasos de recursos y de romanticismo; no resultó nada digno de contar. En eso andaba, pues, repasando mi camino y poniéndole imaginación, cuando me di cuenta de que si ha habido una constante en mis historias, también en las de amor —¡incluso en aquella primera!—, ha sido la música.

Música he escuchado siempre. Como ya les conté una vez y para infortunio de mis vecinos, de niña ya cantaba todo lo que escuchaba. Repetía las canciones de punta a cabo con la fidelidad de un papagayo. Las letras la captaba como parte de la melodía: las palabras eran sonidos, no conceptos ni mensajes. Me daba igual que fueran en español, en inglés o en cualquier otro idioma: para mí no tenían otro sentido que el sonido por sí mismo. Hasta un día. 

Fue en quinto grado. Me recuerdo sentada en el aula en el horario de recreo. Me había quedado para copiar la letra de una canción que estaba muy de moda entre mis amiguitas. No era la primera vez que lo hacía, tenía cuadernos llenos de letras de canciones y poemas, pero esa vez fue diferente. Las palabras que estaba escribiendo, de pronto, comenzaron a hablarme. Descubrí que había un mensaje en ellas que yo podía comprender... y me quedé de piedra. 

Así debe ser la tan nombrada iluminación, una impresión casi física de pasar de un lugar oscuro a uno con luz, como si quitaran un velo de mis ojos que no me dejaba ver. Estaba asistiendo al despertar de mi ser a una forma de interpretación diferente, relacionada más con los sentimientos que con el intelecto. Claro que en aquel momento no lo pensé con estas palabras pero estaba segura de que ese era un evento importante en mi vida.

La canción en cuestión era una llamada “Doce rosas” de Chayanne**, que no es que fuera un prodigio de tema precisamente pero ese no es el punto; ni tampoco lo es que Chayanne a estas alturas tenga la misma pinta que tenía en ese momento hace ya más de dos décadas (¿no será un nuevo Dorian Gray?). En fin, el punto es que aquella letra le hablaba a mi corazón, lo abría a emociones nuevas. De alguna manera mi espíritu había madurado lo suficiente para conocer el amor, o lo que podía ser el amor para una niña de mi edad; había despertado al mundo de las emociones.

Ese no fue el momento en que me enamoré de la música, aclaro, ese llegó muchos años después de la mano de Mozart y por casualidad como debe ser, pero a partir de aquel día en el aula de quinto grado ya no se me escapó nunca el sentido de una canción. Era mi puerta a un mundo diferente.

Mi esencia, sin embargo, siempre ha estado más ligada al intelecto que a las emociones. Pronto empecé a decantar unos artistas de otros de acuerdo a lo que decían sus canciones. Entre los cantantes que las chicas solíamos escuchar, prefería con mucho a Roberto Carlos antes que a Luis Miguel, a Ramazzotti antes que a José José, a Ricardo Arjona antes que a Ricardo Montaner... Y es que estos, mis preferidos, me hablaban de algo más que de amor. Por supuesto, luego conocí la trova y mis gustos dieron un vuelco total, pero eso es otra historia. 

En estos días, pues, volví a escuchar a los que entonces me gustaban tanto. Quería entender qué les encontraba, qué había en su música o en sus letras que me atraía, y en el caso del innombrable (Arjona), quería entender por qué con el tiempo se ha ganado críticas tan ácidas. Y aunque no diré que llegué a avergonzarme de los gustos de la Pelusa adolescente, bastante dentro de la media de los de mi generación, sí debo decir que suspiré de alivio al constatar su afortunada evolución desde entonces. 

Este nuevo acercamiento me sirvió sobre todo para reconocer que esas canciones, aunque ligeritas y de dudosa calidad, supieron cumplir una importante función en mi vida: era música para chicas, para llenarnos la cabeza de pajaritos, de acuerdo, pero gracias a ellas mi alma subió un escalón en su desarrollo y, bueno, cuando por fin llegué a mi primer noviazgo ya tenía al menos una idea —romántica y poco realista, pero idea al fin— de lo que era el estado de enamoramiento. Estaba un poco más preparada.



P.D.: En cuanto a las críticas al innombrable, sólo decir que las sigo encontrando excesivas pero ahora las entiendo y, sí, hasta las secundo.

**Pido disculpas. Me ha aclarado Alex que la canción no era de Chayanne sino de Lorenzo Antonio, y ya no quise cambiarlo porque afectaría el texto.