No se asusten que no les voy a dar una charla sobre ideología, no es mi estilo, pero la palabra “jornada” más que al tema de una jornada laboral o similar me remite a mi infancia, a las “Jornadas Ideológicas Camilo-Che” que organizaban -y supongo que siguen organizando- cada año en la isla, sobre todo en las escuelas primarias y secundarias, del 8 al 28 de Octubre, fechas que marcan respectivamente la muerte de Ernesto Che Guevara y la de su mejor amigo en la isla, Camilo Cienfuegos Gorriarán.
Era casi un mes de actividades: lectura de comunicados en los matutinos, mítines “espontáneos”, recreaciones de alguna batalla en la que hubieran tomado parte ambos combatientes, visitas a lugares relacionados con ellos... “Inyección en vena” le llamaban algunos adultos no muy contentos con este tipo de bombardeo ideológico al que éramos sometidos los niños, pero lo cierto es que para nosotros era bastante divertido.
Montar aquellas representaciones era todo un evento. Debíamos disfrazarnos de guerrilleros, con uniformes color verde olivo, boinas a juego y unas botas enormes al momento de la representación y, por supuesto, cargar armas de juguete y pasarnos todo el rato imitando el sonido de las armas reales: "¡Rrrratatatata!", lo cual no difería mucho de nuestros juegos de siempre. Además, para los ensayos nos hacían saltarnos alguna clase, con frecuencia la última del día que era la que menos nos gustaba y eso, si no me equivoco, ha sido motivo de alegría para todos los niños en toda la historia de la educación universal.
Otra actividad que se solía hacer era ir a “tomar por asalto” otra aula u otra escuela. Nos salíamos de nuestra clase para irrumpir en otra y leer comunicados sobre la Jornada, declamar poesías (“El Che murió en Bolivia / con una estrella en la frente / alumbrando el continente / de la América Latina”) o cantar a coro una canción de la que sólo recuerdo el estribillo: “Camilo y Che, Che y Camilo, ¡nadie los olvidará!” -(¿quién sería el autor?)
Pero lo que más nos gustaba, sin dudas, era irnos de excursión hasta el Malecón casi siempre alrededor del 28 de Octubre. La idea era arrojar una flor blanca (o la que se consiguiera) al mar en homenaje a Camilo, que desapareció al caer inexplicablemente su avión en alguna zona de las costas cubanas sin que lograran encontrarlo nunca.
El cubano tiene fama de ingenioso, y a veces está bien ganada. Eran muchas las escuelas que no tenían cerca el mar y la solución que encontraron para cumplir con aquella actividad orientada por instancias superiores, fue arrojar las flores en algún río o estanque cercano o, en su defecto, en una piscina, fuente o cualquier recipiente con agua, así fuera una cubeta. Aquello debía funcionar como la homeopatía, digo yo, lo importante era homenajear al héroe arrojando una flor al agua.
Nuestra escuela estaba en Lawton, un barrio para nada central de la Habana y bastante lejos del mar, por lo que no siempre podían llevarnos hasta allá. Lo que sí teníamos muy cerca era una casa en la que se decía que había vivido Camilo, frente a la cual había un busto con su imagen. Allí era donde casi siempre depositábamos nuestras flores en su honor.
¡Ah, pero cuando sí lograban organizarlo todo bien, ese era día de fiesta para nosotros! Se suspendían las clases desde la mañana y nos llevaban en autobuses hasta algún punto del Malecón habanero y después de arrojar nuestra flor al mar, nos llevaban a pasear por la zona. Recuerdo incluso alguna ocasión en la que al final de esta actividad los profesores nos llevaron a
Coppelia, La Catedral del Helado, que en ese entonces estaba en uno de sus mejores momentos.
Todo aquello tenía seguramente un sentido muy elevado pero para nosotros, los niños, que no teníamos mucha idea ni siquiera de qué significaba la palabra “ideología” que formaba parte de las Jornadas, no había otro fin en todo aquello que el de la diversión. Nos lo pasábamos genial. Eran horas y hasta días sin clases, visitas a otras escuelas, viajes de ida y vuelta en autobús, cantando y divirtiéndonos... Éramos niños y no pedíamos más.