Recuerdo por ejemplo, que cuando estaba en primero o segundo grado de primaria, la jornada escolar estaba dividida por dos periodos de recreo: cada uno de aproximadamente 20 minutos. En el primer recreo no había novedades, podíamos circular y correr por todo el patio sin problemas, pero ¡ay! de que alguna de nosotras se atreviera a acudir al rincón izquierdo del patio durante el segundo recreo, lo más probable era que algo terrible le ocurriera, pues se corría la voz de que el diablo se aparecía allí durante ese período. El porqué el diablo esperaba al segundo recreo para aparecerse es todavía un misterio al que no le encuentro solución ni respuesta jajajaja.
También recuerdo que en la parte posterior de la escuela había una puerta de garaje que estaba cerrada con una cadena y un candado, lo cual impedía que cualquiera pudiera entrar o salir sin tener la llave, pero si era posible que templando la cadena al máximo, se hiciera una pequeña abertura en la parte inferior. Era allí cuando, al grito de "si pasa la cabeza, pasa el cuerpo", nos arrastrábamos por el piso para salir de la escuela 5 minutos antes que el resto de las alumnas. Por suerte todas éramos unas flacas cabezonas y ninguna de nosotras se quedó atrapada en esa puerta :D
Otra de las situaciones que viene a mi mente fue cuando estaba en primer grado,
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| Las niñas del primer grado de la escuela. La monjita al frente es la hermana Teresa y el ángel desgarbado vestido de rosado que está a la izquierda soy yo |
Por cierto, durante ese mismo año, al final del período lectivo era costumbre que la maestra y los padres de familia organizaran un viaje para festejar a los niños. Viviendo al pie del mar, lo más lógico era llevarnos a un día de playa, y allí estábamos: las alumnas, la hermana Teresa y algunos padres, felices rumbo a la playa de Ayangue, de aguas sumamente tranquilas, a disfrutar de un merecido día de juegos y descanso. Todo iba como de costumbre, todas las niñas remojándonos como pasas en el mar desde que llegamos, hasta que una extraña se acercó a nuestro grupo y empezó a hablarnos. Consciente de las advertencias de mi mamá de no hablar con extraños, salí corriendo del agua a informarle de esa extraña mujer que se nos había acercado, cuando mi mami, entre risas, me aclaró que aquella extraña no era otra que nuestra maestra, la hermana Teresa, que despojada de su hábito y su velo, disfrutaba con una cómoda ropa de baño de las delicias del mar. Yo no la había reconocido y tardé un poco en relacionar a aquella mujer con mi maestra. Cosas de la niñez jejeje.
Y ya que hablamos de las monjitas, no puedo dejar de mencionar a aquella cuyo nombre olvidé, que era la encargada de administrar la librería de la escuela. Acudir a ese rincón era delicioso, lleno de cuadernos, libros, estampas, lápices, borradores, todo con ese riquísimo olor a nuevo y siempre con algo nuevo para sorprendernos. Pero esa monjita, que era tan eficiente administrando el negocio, tenía una pequeña debilidad: adoraba los cuentos, y por alguna razón, terminó enterándose de que yo, ávida lectora, me sabía muchísimos cuentos (de los tantos comprados por mis padres). Ni corta ni perezosa, cada recreo me acercaba a la librería y le proponía contarle una historia, ella tomaba asiento y escuchaba a una pequeña niña parlanchina que se enorgullecía de su capacidad de cuenta-cuentos y de su selecto público, y que al final, era recompensaba con un lápiz nuevo o con una estampita. Recuerdo, al final del año, que dicha monjita me regaló una pequeña iglesia de color verde, decorada con detalles de color dorado, y cuyas campanas se movían. Fue un regalo precioso que conservamos en casa durante muchos años y que pasó a formar parte de la decoración del nacimiento que año a año colocábamos en mi hogar. No sé si aún está entre las cosas que guarda mi mami, pero sé que está siempre en mi memoria como el recuerdo de la monjita a la que le gustaban los cuentos.



















